El 2010 nos deja una tormenta de mortificantes transformaciones, a todas luces negativas, para el crecimiento saludable de la humanidad; transformaciones, de hecho, que afectan de modo frontal a este lado del mundo en términos económicos, sociales, ambientales y políticos.
Eso es verdad. Una crisis global nos afecta a todos, sin distinción de país, institución o persona. Y eso, aunque usted no quisiera creerlo, es sumamente peligroso. De hecho, nuestra querida República Dominicana ha recibido heridas profundas ocasionadas por esa molestosa y desafiante crisis.
El calentamiento global no es un cuento pasajero, y resulta que la sobrepoblación mundial es una realidad. Los grandes y pequeños ríos se están secando, y muchos seres humanos continúan, de manera desenfrenada, cortando los árboles.
Si tozudamente continuamos haciendo como el avestruz, y no somos capaces de asumir nuestros compromisos y responsabilidades como entes sociales, pues mañana nuestros hijos y nietos, sin ninguna cuota de culpabilidad, llorarán lágrimas de sangre.
Hoy día continuamos malgastando la energía eléctrica, y no nos preocupamos lo suficiente en invertir en la búsqueda de fuentes renovables.
Lo real verdadero es que no podemos engañarnos y diariamente, como si fuésemos expertos cazadores, en sigilos, preparar dardos envenenados con la intención de lanzarlos contra aquellos que nos gobiernan.
Ya sabemos que Estados Unidos todavía, a pesar de ser una potencia mundial, está sintiendo el peso de la Gran Depresión. Ello explica que los países latinoamericanos aún estén recibiendo uno que otro coletazo de carácter económico.
Todos tenemos nuestra cuota de culpabilidad en este año que ya termina. Lo correcto entonces sería autocriticarnos y rápido comenzar a aportar nuestro granito de arena para ayudar a nuestro país.

