Opinión Articulistas

El arzobispo Meriño

El arzobispo Meriño

Elvis Valoy

Como en mi artículo anterior me referí al arzobispo Valera, en esta oportunidad hablaré de otro cura de la vida nacional. De una figura contradictoria de la historia dominicana. Nacido en Yamasá pero criado en San Carlos: es el padre Fernando Arturo de Meriño; escaló al puesto más alto dentro de la Iglesia Católica dominicana luego de la muerte de los prelados Tomás de Portes y Gaspar Hernández.

 De tez blanca, ojos azules y con residencia frente a la Catedral, el arzobispo Meriño fue diputado y enfrentó en el mismo hemiciclo al presidente Buenaventura Báez por sus devaneos entreguistas.

 El escritor Manuel F. Cestero dice del sacerdote perteneciente al Partido Azul de Gregorio Luperón lo siguiente: «Al morir legó a sus deudos una caja de cubiertos de plata, un reloj de oro, unos cuantos cientos de pesos que no sumaban mil y algunas prendas de su uso personal. Si la memoria no nos es infiel, fueron esas cosas las que constituyeron el legado de quien había sido en Santo Domingo un dios».

 Este excelso tribuno, mago de la palabra, reconocido como uno de los más grandes «pico de oro» del país, es descrito por el literato Tulio Manuel Cestero, en su novela La Sangre, de esta manera: «Alto, hermoso, nieve en la cabeza altiva, envuelto en su púrpura episcopal, el orador con frase sobria y perspicua, convencía, conmovía, subyugaba…».

Con hijos procreados con dos mujeres y amante de los niños (¡Jum; toy chivo!), Fernando Arturo de Meriño emitió en su presidencia del 1880 a 1882 el famoso decreto de San Fernando, el cual lo utilizó para asesinar a sus opositores y que luego usaría el dictador Lilís para llevar al patíbulo a los que se oponían a su régimen tiránico.