Sonrisa de Paolas
Son inocentes. No saben de intereses, ni conocen el Partido, ni la empresa.
No tienen nada que financiar, obras de grado que construir, riquezas que acumular, compañías fantasmas que crear. Sólo tienen juventud, y un mundo propio donde todo no sólo es probable, sino, además, posible… y, vaya que sí.
Hablo de niños y niñas. Paolas de cada cual, que cada vez nos dan lecciones más ejemplares de sinceridad, inocencia, valor y cariño.
Así, hace ahora mil años, conocí a una niña que lloraba desconsolada en los brazos de su tío: porque él no me quiere llevar a la lunita, una luna que como una inmensa bola de queso blanco parecía iluminar la noche banileja.
La niña quería que su tío la llevara a la lunita, como antes la había llevado al patio de la casa a recoger cerezas.
A la lunita, tío, a la lunita, exclamaba la niña, pero el tío Alexis no podía llevarla a la lunita, porque ya era adulto, y su utopía a lo más lejos que podía llevarla era al FEFLAS, en el Liceo del pueblo.
En una ocasión, en una encuesta nacional a niños y niñas sobre el país que ellos quieren para vivir, uno de ellos, al preguntársele cuál era su mayor temor, escribió que tenía mucho miedo de que los políticos le robaran el sol.
Así son ellos: Poetas sin saberlo, los niños y niñas de un país alegre por vocación, gozoso por el imperio de la necesidad.
Por todo lo anterior, cuando le llegue a usted un mal tiempo, aluvión de sinsabores; cuando se le retranque el porvenir y en su balcón se ponga una noche sin luna con un desaliento al lado; cuando comience a sentir las ausencias y le pesen los olvidos; en fin, cuando le llegue un mal tiempo de soledad y pena, el mejor remedio no es poner buena cara, sino, buscar desesperadamente la sonrisa de una niña, sí, la sonrisa de una niña, o mejor, de dos, Paolas de cada cual.

