Baní, entre mangos y dulces, espera
Acabo de entrevistar a Mario Soto, en El bulevar de CDN2, y a los dos, metidos en recuerdos se nos ha desparramado todas las nostalgias, y a la vez,todo el dolor sentido ante lo que está ocurriendo en nuestro pueblo. Claro que estoy hablando de Baní, pueblo amante del trabajo, la limpieza, el ahorro y sobre todo la autogestión. Esas han sido, son, quizás fueron, sus grandes virtudes, sus prendas de exhibición y orgullo hasta hace poco. Y es que hasta hace escasos años, Baní marchaba entre mangos con su ejemplo de laboriosidad y su escasa vocación para la mendicidad social y gubernamental. El banilejos no pide: Trabaja. En Baní nunca existieron grandes ricos, pero tampoco grandes pobres. Ante el carácter y la laboriosidad del banilejo, el hambre pasaba por allá, pero sólo saludaba y, temeroso, seguía su camino.
Con los años y la migración, el pueblo fue cambiando.
A partir de los años ochenta, el lavado presentó credenciales, y con el fin de siglo, el microtráfico se apodero de sus barrios marginados.
Tomado parcialmente por el narcotráfico -que es quien hoy mueve la economía popular y barrial-, Baní fue perdiendo la esencia de sus más fundamentales tradiciones. Las remesas legales o ilegales fueron quitando empuje a su tradicional laboriosidad, restando iniciativas, y de repente todo había cambiado, y aparecieron fortunas inconmensurables que los banilejos, y por supuestos las autoridades todas, no quisimos ver, ni se atrevía la familia a preguntarle a su hijo el origen de ese carro o de esa mansión de millones de pesos en un pequeño pueblo de pequeños y medianos productores agrícolas, empleados públicos o de La Famosa, y sobre todo de comerciantes detallistas, más algún maestro.
De repente, Baní se ha quedado sin norte económico. Sin liderazgo social y empresarial para enfrentar al poder omnímodo, «eminente», inminente y ominoso, del narcotráfico y el lavado malos hijas de familias respetadas fueron cayendo en el mundo de las bandas y el lavado, en Boston o New York. En Baní, ya no es de buena educación preguntar el nombre de los cinco hombres más ricos del pueblo.
Así andaban las cosas cuando, en un exceso de confianza, (¡era tanta la impunidad y la complicidad de autoridades!) ocurrió la tragedia de Paya. Y de repente, en un segundo, todo cambió. Atrás quedaron siglos de laboriosidad, honradez, limpieza, autogestión, Baní como una familia, Hostos con Guaba y Melvin conversando de amores en un banco del Parque Central. ¿Qué hacer? Eso es tema para otro bulevar, vale.
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