El Santo Fornicio de Lugo (2/2)
Ayer escribíamos en defensa del Obispo/presidente Lugo, por su cristiana forma de llevar hasta las más horizontales consecuencias la santa palabra de Dios: Amaos los unos a los otros, en su versión más terrenal y gozosa de los unos «sobre las otras». Y recordábamos nuestra vieja reflexión: El hombre sólo es Dios cuando sueña, pero Dios sólo es Dios cuando ama, y la Magdalena lo espera.
Tal que con los siglos, el celibato ha devenido en una de las grandes mentiras de la tierra. Y tengo mis anécdotas para decirlo. En un bar de Sevilla, me lo explicaron con un verso: !y quién le pone puertas al monte. Diez años después, en El Bomba, una amiga de Adolfo Salomón, morena, me dio la versión criolla del verso: Cuando la llave del gusto se abre, que no la cierre nadie. Otra vez, saliendo de La Macia, la Dra. Marcia Miches Simó me lo explicó científicamente: Pablo, el gusto es el que rastrilla. No la entendí, y ella estaba dispuesta explicármelo, pero, entonces, las huestes antichéveres del Dr. Almeyda llegaron al lugar y no hubo manera de convencerlas de la magnitud de su imprudencia, ni con versos de Neruda, canciones de Sabina, boleros de Benny.) La necesidad de amar y ser amado, no sólo está en La Biblia, donde están todas las historias, sino también en los genes, la vida.
Lo del Lugo, no ha sido asunto de palabritas sino de hechos, más bien de besos. ¡Este hombre es un apóstol! El muy señor no se queda en sus sermones por la justicia, sino en la ternura de llevar hasta las más horizontales consecuencias las santas palabras de Dios, que, según mis cálculos, es una invención del amor que es él. Por eso, una mujer, a pesar de su amistad con Montesquieu, aunque vista de fucsia y ame a Andrea Bocelli, no debería negarse a una propuesta de amor, porque hacerlo, es negar a Dios, que es el mismísimo amor, según me enseñara en los madriles Sor Cabral, el mismo Facundo que en 1977, en el Palacio de B. A.,de Guadalajara, con una sola frase desnudó la gran mentira del celibato: Un cura es un señor a quien todos le dicen Padre, menos sus hijos, que le dicen tío. Aunque aquí, desde el arzobispo Meriño y los amaneceres coloniales lo sabíamos. Amén. (Ah, muchacha, por cierto: Yo, como Dios, el día que me imagines existiré. No antes.)

