(A quien corresponda, sirva el sombrero y sea útil y necesario, en el local partidario, una tertulia o en el bar abierto de la esquina)
El problema no es la derrota, sino el no saber perder. Cuando aprendemos a perder estamos aprendiendo a ganar. La derrota es un training de Dios para la victoria. Y esto tiene que ver con todo, no sólo con la política.
Tiene que ver, por ejemplo, con el amor, donde todo fracaso es el inicio de la victoria que significa un gran amor. Ese amor que una tarde cualquiera, junto con la luna, se acostará en tu cama para que despejes tus dudas sobre la existencia de Dios y sus bondades.
En países mulatos, anárquicos y caóticos no se puede ser ateo o agnóstico, que es una cosa complicada de la que hay que hablar sólo después de haber cenado o no haberse bañado con dos galones de agua, prestados de emergencia por una vecina solidaria.
Es bueno saber perder. La derrota nos hace humildes para la victoria y sus bondades. Y así, el día en que una boca se pose en la tuya y sus labios recorran tu cuerpo con la precisión del mar cuando juega con la arena, ese bendito buen día, cuando llegue el sol del buen amor y te saluden los panaderos, te den paso los taxistas y hagan bromas los porteros, ese día podrás irte feliz a construir tus sueños sin resentimientos ni recelos, apoyado únicamente en las concavidades de su cuerpo interminable, ay, empequeñecido sólo por la vastedad de su ternura.
Hay que saber perder y ser humildes: Atención militantes de cualquier partido, mujer victoriosa en tu sarcasmo, señor influyente en tu cinismo Hay que ser humildes … y saber perder.

