La macro, la micro y la familia
Como lo confirman sus cuentas, el equipo económico del gobierno ha hecho la tarea. Pasó de curso y con buena nota, en especial las autoridades del Banco Central que el pasado jueves presentaron un favorable informe sobre el comportamiento de la economía en el primer trimestre de 2010.
Atrás queda las querellas, quedan los resentimientos, resquemores que uno puede no compartir pero sí comprender. Porque debe ser duro, -muy duro para el ego y la migraña- ver como otros llevan a la estabilidad lo que uno llevó a la anarquía, al caos, al más terrible sálvesequienpueda. La macroeconomía y sus números, por ejemplo.
El crecimiento de 7.5% del PIB en el primer trimestre 2010, basado, ya no en la expansión del sector telecomunicaciones que apenas creció un 6%, (y que no es un gran generador de empleos formales) sino el 19.4% de la construcción y 17.5% en comercio, que sí generan empleos, no puede ser una mala noticia, ni se debe por mezquindades politiqueras negar el dato. La macroeconomía va bien, la inflación está controlada, y la prima del dólar es más estable que un matrimonio evangélico. Pero no basta. Esto es necesario pero no suficiente.
Claro, que el problema de la economía dominicana desde 1996 no ha sido la macroeconomía (con la excepción de los años vivido en peligro) sino la micro. Hablo de nuestra incapacidad como sociedad y la de nuestros gobiernos y grupos de poder, para hacer llegar los beneficios macroeconómicos a la gente de carne y hueso que interactúa en la base de la sociedad. Hablo de lograr que la macroeconomía y sus favores tengan una expresión en la microeconomía de los pobres. Distribuir la riqueza para sepultar la pobreza. Eso. Aunque hay que admitir que algo se ha avanzado. La pobreza se ha reducido de los 40 y tantos al 34 por ciento. SENASA marcha, el servicio en los hospitales ha mejorado, el Plan Solidaridad va caminando, y funcionan centros gratuitos de informática en gran parte del país, pero, insisto, no basta.
Es hora de que el gobierno pase de las estadísticas a los hechos, y dé prioridad a la familia, sembrando el país de guarderías, que sobren las escuelas en los barrios, que los maestros bien formados escuchen a Sabina en su BB, y los niños -enamorados- envíen poemas de Neruda a su dulcinea desde una PC de un centro comunal donde minutos antes hicieron la tarea. En fin, la familia, estúpido, la familia.

