Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Que en recepción revisen sus portafolios, de piel, por supuesto. Háblele en español e inglés y que ellos elijan en cuál lengua quieren comunicarse, que si Natasha no está ya en Palacio, una de las asistentes del administrativo Peralta habla la lengua de Shakespeare sin acento.

Acérquese con precaución, pero acérquese presidente Medina, converse con ellos. Bríndele el café gourmet INDUBAN de las lomas de Baní, of course. Dialogue con los místeres y mande a decorar el salón comedor del Palacio con las fotos imprescindibles de nuestra patria, fotos de nuestras primicias americanas, nuestros próceres de dignidad y decoro… (Que no falte don Juan, por favor). Muéstrele las riquezas, bellezas, noble alma, las imágenes de aquella mulata en ébano de Monalisa frente a un mar que la mira. Haga que los monsieur se detengan a mirar las fotos de nuestras bahías de azul pasión, Samaná y su morir de tardes, ¡ay!, bellezas de un pobre país acosado de traiciones, hipocresía y desmemoria. Y no olvide mandar a redecorar el comedor de la tercera planta, (entre las asistentes del ministro Montás hay una que decora como las diosas griegas, cuando las diosas griegas decoraban).

Sé que valor no le falta Presidente. Lo importante era cruzar el Rubicón y usted lo ha cruzado. Quemó las naves, no hay vuelta atrás, la suerte esta echada. A lo hecho: el pecho, Presidente. No pierda tiempo e invítelos ya: primero a su despacho, luego al almuerzo, (-que le arreglen la corbata-), y ofrézcale de entrada el jugo de lechosa insufrible que usted solo brinda a sus amigos.

Invítelos, señor Presidente, que septiembre de 1963 quedó atrás, y la guerra ya no es fría ni bipolar, y la doctrina del Big Stick quedó allá lejos.

Usted no está solo, Presidente. Cítele a Pedro Mir, como en sus años de termocefálico joven uasdiano, para que los señores recuerden “estas ganas de morirse” que a veces le llegan a los pueblos. Porque c…, (perdón Presidente), pero es que van muchos años, años, años….”.

Invítelos, y sin inmutarse pregúnteles de una sola y jodida vez: “¿… y ustedes: son dominicanos?”

El Nacional

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