Basta una breve visita a New York para quedar postergado a sus pies, o más bien a sus noches, sus cafés, su jazz, su amistad, su variedad en la mayor diversidad.
New York es una entrada fugaz al futuro. Es sorpresa y es pasión.
New York es la ciudad de los sueños y la tragedia, de las oportunidades y la traición. Aquí subes al Olimpo de la fama o te hundes en el purgatorio del anonimato y la más cruel soledad.
New York es un anticipo de la gloria o el lobby en gris de un infierno solo. No fueron los griegos sino los neoyorkinos quienes inventaron la soledad. Antes que el destierro en Grecia, en New York inventaron el adiós.
Más que en cualquier otro espacio de la tierra, aquí se tejen los sueños, unos sueños que se alimentan de esos momentos que vamos hilvanando para hacer posible los fugaces instantes de felicidad que compensan la cotidianidad para la subsistencia.
Alguien lo dijo, y no recuerdo ahora quién, el nacer es un dolor que la vida compensa, pero la vida es más intensa, más fuego y más luz, cuando se vive en New York. ¡New York!
La gran manzana está aquí para pudrirse contigo o lanzarte a la luz más clara, a la voz más bella. New York es la gloria o el infierno, nunca la paz, el aburrimiento.
Ninguna ciudad en todo el mundo tiene la fuerza de ésta pendular y mágica aldea globalizada, un poco puta, si, y cuyo reloj camina de extremo a extremo: Entre la modernidad y la tradición, entre el frío calculador de Wall Street y la mágica bohemia que se respira en el libertino Villeage.
New York sorprende, ilusiona, deja huellas.
Y, además, en New York el corazón siempre pierde. Se pierde, o lo dejas en pedazos entre el West Four y Sea Port, entre un bar irlandés, algún lugar de manteles blanquirojos del Alto Manhattan, o en aquella cantina gris de la 38 con Tercera en sur del Bronx, donde los hermanos Villalona brindaban atenciones y buen ron, y a veces, unas luciérnagas andariegas, peregrinas de amores fugaces y caricias de emergencia, entraban felices a enseñarnos a cantar New York, New York.

