Y volvemos entonces a contar muertos como cada lunes de resurrección, pero no la resurrección del que todo lo puede, sino del ciudadano que aprovechó el fin de semana para visitar a familia, ríos, montañas y/0 quereres.
Es un lunes duro, pues además de esta nefasta contabilidad periodística de la muerte, el alcohol del feriado o el cloro de las piscinas de Roberto dejan una resaca o una irritación, pero el caso es que joroban el lunes.
Esto de madrugar para morbosamente contar cuántos fallecidos van a las 6:56am, antes de ir al aire El Bulevar con Pablo, o hacer lo mismo con el Ipad a las 12:54 pm, previo a Voces Propias, le amarga el día a cualquiera. Como amarga el espectáculo de una educación pública que el martes tendrá ocho días privada para sus estudiantes.
Uno vuelve este lunes en función contable (por los muertos), en papel de sepulturero como cada vez, pero también vuelve al ruedo en plan de observador preocupado, pues mientras el sábado, -en una bahía de todos los azules y una sola mágica presencia- alguien jugaba a ser feliz entre frías benditas y mimosas bendecidas, el gobierno norcoreano de Pyonyang, después de romper los pactos de no agresión con su vecino del sur, declaró que entró en «estado de guerra». Pero decir Corea del Sur es decir Estados Unidos, que es decir mucho, casi todo. Además, estas amenazas de agresión con armas nucleares no son de muerte sino de genocidio a dos bandas, pues donde se habla de ataque nuclear preventivo, no puede haber vencedores.
Por suerte, Dios o Checherén, Jehová, el destino o el azar del universo, tienen sus misterios.
Y he aquí que cuando uno regresa al diario vivir, entre tanto suicidio bañado en alcohol; cuando nuestros pobre niños (pobres) siguen sin docencia en la certeza de saber que ésta peor no puede ser ya; cuando la partidocracia dueña de los votos sigue en sus quince con un PRD empecinado en mantenerse dividido, y un PLD que en su morir de éxitos le ha dado por hacerse oposición en Montas como en Salcedo. En fin, cuando todo parece estar perdido, uno vuelve a encontrarse en la autovía o la carretera con lo mejor de esta sociedad, o sea, la elite de la solidaridad, «la crème de la crème», que diría una parisina por no olvidar a París, la inolvidable, ay.
Claro que estoy hablando de los voluntarios de la Defensa Civil; de esa gente maravillosa de todas las instituciones que forman el COE, que cada feriado salen de guikén, pero no a inventarse un amor de cabalgatas, entre piscina, arena y mar, sino a escribir un catecismo de solidaridad y cristianismo del mejor… servir para vivir.
Si por culpa de un malamor o un peor gobierno, perdiese usted la fe en la humanidad: En los voluntarios de la Defensa Civil sé que la encontraría.

