Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Se pueden ganar elecciones, batallas electorales, debates. Pero si nuestras victorias no nos permiten cambiar al hombre, al ser, -y a la mujer, off course- entonces, es que no hemos cambiado nada. Y siempre se vuelve al principio, pero agravado este con la antifé, la desesperanza, como ahora.

Los líderes y sus escribidores, deberían tener cuidado cuando hablan, teorizan, reflexionan. No se debe jugar a dos bandas, o sea, a Dios rezar y con el mazo dar. O mejor, como lo dice Sor Facundo, el Cabral: “No se puede ser esclavo y menos de dos señores, no se puede amar a Dios al igual que a los ladrones…” y en ese plan.

En el debate político y en la acción desde el poder, el cinismo se ha entronizado al más alto nivel. Hablo de la separación maldita entre las palabras y los hechos, el divorcio fatal entre lo que se siente y se piensa, y lo que se dice y sobre todo se hace. 

El cinismo es una especie de clientelismo de la palabra y las posiciones políticas, que hace ganar elecciones, es cierto, pero hace perder ciudadanía, genera olvidos, saluda traiciones y crea pordioseros sociales, mendigos de un Estado, un partido, un político…  y así no se construye una patria.  

La patria no es una obra material, un Metro de Leonel, un Faro Balaguer, Invernaderos de Hipólito, sino un ciudadano con sueños, fe y esperanza, comprometido con su familia, su barrio, su ciudad, el bar, la esquina, un mar, las “frías”, tardes con Bonyé, y  dos Paola de bien manoseando libros en Cuesta. En fin, no condenemos en declaraciones públicas lo que celebramos en el despacho, el poder, los presupuestos.  

El cinismo desmemoriado es el mal de nuestros tiempos. Me lo dijo Frei Betto, ayer en el Bulevar TV: Si no cambiamos al hombre, entonces, no hemos cambiado nada.

El Nacional

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