El hastío
Muchos piensan que del trabajar en un matutino de televisión, (El bulevar, por ejemplo), lo que más esfuerzo cuesta es madrugar para estar cada mañana, vestido, planchadito y bien informado frente a las cámaras; pero no es así.
Lo de madrugar es una de las buenas costumbres que dejó en mí el paso por el Instituto Superior de Agricultura, en Santiago, donde aprendí que es muy saludable y alerta los sentidos el levantarse siempre mucho antes que el sol.
El problema de ser parte de un matutino, no es la madrugada, la falta de sueño, sino el hastío, y me explico:
Es duro enfrentarse cada mañana a los sempiternos y repetidos problemas de la nuestra sociedad, y volver y volver a los mismos temas de impunidad, desamparo moral y ahogo de alma, gobierno tras gobierno.
No es fácil enfrentarse cada semana al asesinato de una mujer en manos del ex marido, amante o novio. Y volver a sacar el discursito del derecho a olvidar que tiene cada mujer, y decir otra vez que en asuntos de amores, ay, el único jodido derecho, el único rencor posible de un hombre contra una mujer es un bolero, y sobre todo ser feliz. Al fin, el que pierde un mal amor no sabe lo que gana, que decía Jardiel.
No es divertido enterarse cada semana, que en nuestra selva de BB e I Pad, todavía existen escuelitas sin techos, aulas sin baños ni puertas Y dale otra vez con la necesidad de definir nuestras prioridades como patria, la educación, estúpidos, la educación, que ella es la única importante diferencia entre un país civilizado y otro que flota en la barbarie, y dale que te dale con el lamento de cincuenta años por esta democracia gris y papelera, esta Edad Media democrática que nos dura tanto.
Lo difícil no es la madrugada sino el hastío, porque cada programa de gobierno es un oda a lo que no ocurrirá, porque cada nuevo gobierno es el presagio cierto de un desencuentro, una desmemoria.
Con el gobierno del PRD convertí en libro el 2003: El año que vivimos en peligro; ojalá y me acompañen otra vez, cuando termine y publique lo vivido desde 2004 hasta ayer, o sea, El peligro de vivir los años, que a diferencia del texto de 2003, no será el diario político y sentimental de una crisis, sino el de un olvido, el de la ausencia lastimera y repetida de un ¡Basta Ya! ¡Joder! ¿Comprende, comprende?
El problema de este trabajo madrugador no es la falta de sueño, sino el hastío.

