Cuando por la falta de la Revista un agente de la AMET impone una multa al conductor de un vehículo nuevo, el señor pregunta indignado, por qué la ley de tránsito sólo existe para serle aplicada a él, mientras a su lado ningún conductor del transporte público utiliza cinturón de seguridad, y más del 80 por ciento de esos vehículos cumplen los requisitos para pasar la Revista.
Con la energía eléctrica pasa igual. Más de la mitad de los que consumen energía eléctrica no la pagan. Incluso, más de una cuarta parte ni siquiera tiene instalado un contador. Sin embargo, si el más cumplidor de los que consumen y pagan la energía se retrasa una hora del límite estipulado por las autoridades, ese ciudadano sufrirá el implacable corte del servicio.
Mientras la República Dominicana se da el lujo de poseer uno de los más profesionales y eficientes equipos de recaudadores del continente, (DGII, DGA), la impunidad ante el enriquecimiento meteórico de funcionarios en todos los gobiernos no cesa. Las villas y los vehículos de las señoras y las novias son un buen indicador. (Además, en el caso de las novias son la expresión de una práctica desleal en el fornicio. ¿Cómo compite Benedetti con un Cartier, señor ministro?)
Todo lo anterior viene a cuento, por los atisbos de rebelión y de irrespeto a la autoridad y las leyes que se vienen presentando en el país.
No sé qué dicen las encuestas del gobierno o la Embajada, las del CONEP o las de Hipólito, pero la percepción de anarquía crece y se respira cada día, y ya, hasta en los semáforos dice presente.
Uno lo ha escrito otras veces: Si la democracia no sirve a los ciudadanos para vivir mejor, más temprano que tarde el ciudadano comenzará a desconfiar de la democracia y sus valores. Y es que las debilidades y limitaciones de la democracia sólo se superan con más democracia. Sólo que para vivir en democracia, como para vivir en libertad, hay que tener un corazón, jardines colgantes, una vocación, un talante, dignos de ejercerla.
Se nos desparrama la paz, avanza la delincuencia, la impunidad baila en su fiesta, el narcotráfico es ya una cosa socialmente aceptada, y entonces, surge temerosa y jodida la pregunta que inspira este bulevar: ¿a qué c estamos jugando?

