Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

El lamento viene de lejos. Era abril de 1998 y ya andaba uno con la adarga de su lamento en la voz. Pero, prepotentes y soberbios como los revolucionarios, pero sin hacer ninguna revolución, miramos para otro lado y no hicimos la tarea ni en el gobierno ni en el partido ni en la familia ni en el bar de la esquina que es peor… y entró el mar.

Escrito en abril de 1998, esta es la evidencia en gris de que a veces recordar no es vivir sino morir. Y me repito en  la necedad de mi vieja pregunta: “?En qué jodido momento perdimos los dominicanos la capacidad de definir nuestras verdaderas prioridades y actuar en consecuencia?”

«Primero apresaron a los comunistas, pero como yo no soy comunista no me importó; después apresaron a los pobres, pero como yo no (…) ahora me apresan a mí, pero es demasiado tarde» Eso, más o menos, escribió el dramaturgo B. Breth. Igual pasa con la violencia en las calles de Santo Domingo.

Aunque los dominicanos no tenemos los graves problemas de violencia de otros países, crisis socio políticas, insurgencia armada, narcoterrorismo, fundamentalismos étnico religiosos, lo cierto es que los índices de violencia en el seno de nuestras familias, en las calles y barrios son cada vez mayores. Esto hace imprescindible, entonces, que comencemos YA a preocuparnos por la PAZ, no como ausencia de una guerra que no tenemos ni tendremos, sino como la el desarrollo de una cultura por y para la Paz.

Eso. No somos Belfast ni el País Vasco, no tenemos la violencia de las ciudades brasileñas o colombianas, pero nos vamos pareciendo en las miradas temerosas del transeúnte que se sorprende del acoso motorizado de un PDF (padre de familia); en las acciones del borrego machista que expulsa sus demonios de alcohol en el cuerpo de su compañera, que como el cuerpo de toda mujer debería ser su templo.

Claro que somos un moridero de pobres con cable pagado o robado. Pero si a nuestra pobreza decimonónica le añadimos la violencia, entonces sí que nos jodimos.  Puestos a ser fríos y calculadores, diremos que los muertos ni los heridos trabajan, los turistas no visitan países de violencia, y los inversionistas exigen paz social para invertir.

Lo siento. A pesar de la pobreza, o porque está existe con tanta crueldad en nuestros barrios y campos es que debemos ya comenzar a cuidar, crear, mimar con el trabajo, desde el gobierno, el barrio, el bar de la  esquina y la familia, esta “lánguida y leve”  paz social que (minutos mas, minutos menos) todavía  disfrutamos. Y cántela otra vez, doña Mercedes que León Gieco viene en camino:  «Sólo le pido a Dios/que la guerra no me sea indiferente/ es un monstruo grande y pisa fuerte/ toda la pobre inocencia de la gente». Abril 1998.

El Nacional

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