Cronicanto a los burdeles del pueblo
Lo dijo Platón entre tragos, en un ágora etílica y musical que es como entonces le llamaban los griegos a sus Colmadones: «Uno siempre regresa al lugar donde fue feliz.»
Llegado el 21 de Noviembre, todo banilejo mira hacia Baní lleno de nostalgia: el liceo, un banco del parque, la iglesia donde -por debajo del chal- tomábamos la mano a la novia primera. Ay, don Radha, qué paraíso era entonces el poder amar sin presentir.
Mientras hoy, unos recuerdan el pasadía con la orquesta Santa Cecilia y Rafael Colón en El Casino, Hollywood o El Bosque, permítanme rendir homenaje a los burdeles banilejos, a esas academias/ centros de fornicio y terapia psicológica donde mucho antes que Fao Terrero o Ana Simó, los muchachos realizaban su diplomado en asuntos del fornicio, y los mayores buscaban en los brazos de insigne meretriz la comprensión sentimental a sus penas y dramas existenciales.
Fui alfabetizado primero por mi madre, luego por las maestras de las escuelas Canadá y Máximo Gómez, pero sobre todo fui amamantado /entrenado/acariñado y bebí los jugos de limón elaborados por decorosas damas oficiantes de los burdeles románticos del sector-, que cada entre mañanas brindaban café al joven director de la escuela, -que era mi padre-, y me llevaban a pasear por el patio del plantel y de sus burdeles. En ambos lugares aprendí mucho.
Ya en la adolescencia, en más de una ocasión, la valiente solidaridad de esas damas prostitutas a través de sus amigos/amantes/maridos miembros de la policía política de entonces me salvaron de las redadas con las que La Perrera de la PN salía a pescar la juventud rebelde como mariposas de junio.
Por eso en este 21N, que otros rindan homenaje a nuestra virgen protectora, a Roberto Serrano por creer en los banilejos desde hace 48 años, a los Perelló por su centro cultural que ya viene. Yo, hijo del profe y nieto de Pablito, más romántico, justo y creyente en el amor, dedico esta crónica sentida a las meretrices de mi pueblo que de niño me llevaban a pasear entre sus brazos, y ya adolescente más de una vez me salvaron de la represión yanqui-balaguerista de Pasón, El Chino, Vaquerito o Villalona.
