Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Las canciones de Cortez

Ahora que nos visita Alberto Cortez, pienso que sus canciones debían ser recetadas al pueblo dominicano que hoy anda como una Yira  “sola, fané y descangayada”, como en el tango, pero peor.

Durante el 2003 y el 2004 muchos nos cuidábamos de asistir a supermercados y colmadones, pues los parroquianos no permitían que uno hiciera la compra en paz,  que se diera sus “frías” entre amigos y mulatas de buen ver, porque a cada segundo alguien aparecía a quejarse de la mala situación económica.

Ahora ocurre igual, pero no tanto con la crisis económica -que es grave pero de su lado tiene la justificación de ser global- como con la descomposición social del país, el robo generalizado y socialmente aceptado, la corrupción en sus buenas y la impunidad como una fiesta. Y dale con el tema.

         Si el 2003 fue “el año que vivimos en peligro”, ahora estamos atravesando “el peligro de vivir los años”, que es un libro a medio hacer que no termina uno de publicar por culpa de la mismísima crisis.

Ante todo este drama digno de los desvelos intelectuales de alguna psicóloga social de falda larga y pelo ensortijado de mar, ay, las canciones de Alberto Cortez, insisto, deben ser recetadas como Valium de fe, como un Prozac para el alma de un pueblo triste a pesar de su vocación para la algarabía y la bulla.

Uno, que tanto gusta del tango y los boleros doloridos, admira a don Alberto por todo lo contrario, es decir por su optimismo y su fe: “Mientras quede una flor en el camino/mientras quede un amigo en quien confiar/ la ternura infinita de los niños/y las ganas de andar un poco más (…) Arriba la vida, que no cunda el desaliento/ hay muchas cosas que nos quedan por lograr; cada momento puede ser un buen momento/ para empezar, para empezar.”

Pero, además, Cortez es un maestro de la música como terapia para el alma, y un mago a la hora de enfrentar uno de los mayores desafíos de cantor/poeta alguno: escribir sobre amores realizados, sobrevivientes amores permanentes, de toda la vida, canción a la madre de los hijos y la abuela de los nietos: “De ayer a hoy te quiero… como el primer día con esta alegría con que voy viviendo… Amor, mi gran, amor, mi venturero amor, maravilloso amor, te quiero.” A su salud, maestro.

El Nacional

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