Opinión

El bulevar de la vida

El bulevar de la vida

Volver a la verdad del sentimiento

          «…no le ignoro nada, porque le imagino todo.» 

            Si usted supiera, señora. A. Ríos.

          El mal momento económico, moral y social y moral que atraviesa el país,  bien puede servirnos para ser mejores. Por ejemplo, para ser, al fin, ciudadanos de un República, enseñarnos que el dinero sólo es un medio, un facilitador, y no un fin en sí mismo, que podemos ser felices sin tanta ambición como tenemos.   

Todavía en el mundo de hoy, los momentos más felices de cada quien no tienen nada que ver con las propiedades o los certificados bancarios de nadie. (De amores de tanto por ciento y treinta y cinco por uno sólo nacen caricias de emergencia y siempre se vuelve al principio. Hagan memoria)

          Posiblemente fue en un Fuerte Café San Gil, ante un barato «Santa Carolina» -avinagrado y sordo-, cuando usted robó un beso que hoy recuerda como ayer. O, ¿Cuánto vale un «tequieropá»?

          El mal momento económico de Occidente debe provocar una vuelta a los mejores sentimientos de cada cual, a la solidaridad barrial perdida, a un resurgir del Comité Central del Cariño de cada cual.    

     (Yo tuve uno y lo he perdido: Don Bienvo vive en su HOY, Fausto anda arriando el intelecto en sus Claves, Jaime David ahora es ministro y vive en un helicóptero, La Martínez recién ha inaugurado un gran amor y anda en la miel de la luna, Juan Tomás salva niños dominicanos en espanglish, Tallaj hace lo propio, Minou es ahora más internacional que nunca, los Alexis banilejos andan presos en la SESPAS, ya no hay tiempo para cervecear en La Yarey, o, en Pedro Brand, discutir por horas y mil tragos sobre el son y la bachata, Huntington y Chomsky, descubrir al mejor Ángel González en mi dacha -con Froilan Antonio recuperado, cantándole a la señora que nunca supo nada, ay.

          Sin ser Machado, volvamos a la verdad de los sentimientos verdaderos, rayo de luz en ébano de Monalisa, ay, don Radha, atardecer de un diciembre acobardado y preso en la tierna inmensidad de su pelo negro. Pues si…

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