Orlando Gómez Torres
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La era de la democracia post-Trujillista en la República Dominicana se ha caracterizado por la sucesión de gobiernos que de manera casi uniforme han favorecido políticas socialistas y sensiblemente intervencionistas en la economía, mientras que se muestran conservadores hasta el punto de lo retrógrado en aspectos sociales y de libertades individuales. cinco décadas de esto ha creado un Estado agigantado que se erige como motor único de la economía con un sector privado reducido a ser Estado-dependiente, y que las expectativas de mejoras en la calidad de vida de la gran mayoría de las personas pendan siempre del favor del gobernante de turno. Constitucionalmente cimentado como el Estado Social de Derecho, los detalles del Presupuesto para el 2014 y las declaraciones de los propios funcionarios del gobierno sobre las perspectivas de nuestra economía a mediano plazo, advierten de que nuevamente quedará a prueba la insostenibilidad de un modelo que una y otra vez ha demostrado ser un fracaso.
La figura del Estado fuerte es favorecida por gran parte de la clase intelectual dominicana, y es dada por sentada como una necesidad para el común de los dominicanos. El mensaje que aparentemente no logra penetrar en nuestra sociedad es que la única forma en la que un Estado llega y se mantiene fuerte es limitando las libertades de los individuos, sea en sus ingresos a través de tributos (fiscales o cuasi-fiscales) o sea restringiendo el ejercicio de sus facultades sobre la propiedad, su cuerpo y su propia capacidad de tomar decisiones.
El mensaje no tan claro que parece estarse sugiriendo en el debate del Presupuesto 2014 es que es probable que nuevamente necesitemos una reforma fiscal para “incrementar la presión tributaria” en el corto plazo. Y no es para menos, un Estado que presupuesta aproximadamente 25% del PIB y solo logra recaudar un poco menos del 15%, y que adicionalmente se sostiene ignorando alrededor de 20 leyes que imponen rigideces ridículas en ese Presupuesto, siempre estará buscando nuevas formas para mantenerse de pie y tratar de satisfacer a todos en su rol de Estado paternalista.
Puede que sea tiempo de que seamos francos tanto nosotros como ciudadanos, como los que dirigen las riendas del Estado. No es necesario esperar el estallido de una nueva crisis para hacer los ajustes, aunque tristemente ese siempre ha sido el caso, y peor aún, bajo presión de nuestros acreedores internacionales. Se necesitan cambios, y probablemente esos cambios sean drásticos. No es posible que nos mantengamos en este círculo vicioso de más parches fiscales y una presión tributaria en constante reducción, y menos aún esperar que el incremento constante y abultado del Presupuesto de la Nación sea sostenible.
El Estado Dominicano necesita reducirse y replantearse su rol tanto por el bien del país como para mantener su propia credibilidad. No hablo de cambios de la noche a la mañana, que no solo son improbables sino que potencialmente dañinos, pero sí trazar un plan de desmonte y readecuación de la cosa pública que se extienda a mediano y largo plazo, al mismo tiempo que vaya aflojando su participación en la economía para permitir que el sector privado asuma su verdadero rol y deje de ser tan parasitario. No creo que realmente deseemos un David económico que ponga un fin violento a nuestro Goliat.
