Dista mucho el estilo de vida de Ciudad Gótica llena de basura y ratones, con gente indolentes en sus calles, capaz de golpear a un pobre payaso hasta dejarlo moribundo, y la de alguna otra urbe desarrollada de los años setenta? Parecida a muchas otras cintas cinematográficas, la película Joker (Guasón), extraída de los comics de DC, escrita y dirigida por Todd Phillips, nos transporta al manoseado argumento del ciudadano víctima de una metrópolis cruel, insensible y patética, en donde hasta las relaciones familiares son traumáticas y conllevan indefectiblemente a la locura.
El Joker es un manojo de histrionismo y movimientos corpóreos, que adjunto a la excelente fotografía de Lawrence Sher, nos pone enfrente a Arthur Fleck (Joaquín Phoenix: ese Oscar nadie se lo quita), un aspirante a comediante con severos y profundos trastornos sicosomáticos que lo convierten en un peligroso asesino.
Fleck está adocenado por su vida personal y la influencia de la sociedad enajenante y decadente (Taxi Driver), que llega a asfixiar a su propia madre con una almohada (Atrapado sin salida), y asesinando a todo el que intente burlarse de él.
El ajusticiamiento de tres crápulas humanas en el metro, lo transforman en un héroe ante las masas, que se lanzan a las calles a hacer añicos la nauseabunda y pestilente vida urbana de Ciudad Gótica.
Las imágenes vintage del Joker, su banda sonora realizada magistralmente por el chelista islandés Hildur Guonadóttir, con esos tonos menores, que adjunto a los zoom in, zoom back, traveling y primeros planos de la cámara, mantienen en todo momento el ritmo y el interés del filme.
La actuación del boricua Joaquín Phoenix se traga a la hecha en los papeles secundarios por Robert de Niro, Zazie Beetz, y la de la veterana Frances Conroy

