En los año noventa y principios del nuevo milenio algunos analistas sociales, sobre todo aquellos que proceden de la izquierda, abogaban por la vuelta a la preeminencia de la política, como manera de frenar la hegemonía de los temas meramente económicos en la toma de decisiones. Después del derrumbe del muro que dividía el mundo en este y oeste, el juego político parecía perder vigencia y el juego económico se impone. Es uno de los rasgos de lo que llaman globalización.
La desaparición de la URSS y sus países satélites, supuso un nuevo campo de juego. Aparece la tercera vía o renovación de la social democracia, de Tony Blair y Anthony Giddens y que arrastrara al new democrat del ex presidente estadounidense Bill Clinton.
En este contexto de globalización, reformas, reinventos, pensamientos y reflexiones, se producen acciones en toda la aldea global. Mientras los trabajadores norteamericanos protestan por el libre comercio, el África al sur del Sahara, al igual que los países del Caribe, obtenían la aprobación de la paridad textil por el Congreso de EU. China entra a formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC) abriéndose al libre mercado, no así a las libertades políticas, Vladimir Putin, sale a buscar soluciones para enfrentar el problema económico ruso, y se asesora de los Chicago boys en lo económico.
Para unos, el crecimiento económico implicaba el respeto a los derechos humanos, la protección del medio ambiente y normas laborales, para otros, el problema consistía en gobernar la globalización a través de dos medidas fundamentales: la creación de un impuesto (impuesto Tobin) que regulara el movimiento de capitales, y la creación de un Consejo de Seguridad Económica que garantizara la paz económica.
Y llegó Osama, septiembre 11 y llegó George Bush. El juego pasó a la cancha del terrorismo global. Mientras unos pretenden que la política tiene todavía un puesto en el juego, otros insisten en que el juego es solamente militar. A una década de septiembre 11, estalla lo que han llamado la primavera árabe en una parte del territorio de lo que Zbigniew Brzezinski llama los Balcanes globales por su inestabilidad interna y su importancia geopolítica que suscita también rivalidades foráneas. ¿Serán capaces las democracias de encontrar la respuesta política? ¿Respuesta militar?

