La noche en que frente a su casa vio pasar a Marino, fue crucial para Ana. El, caminando despacio subió a la cera de su casa para saludarla con el mayor cariño, mientras ella, nerviosa, no supo ni de donde sacó fuerzas para ponerse de pie y responder aquel abrazo de amigo.
Cuando Marino le dio la espalda dejó escapar una sonrisa que fue el primer paso para que iniciaran las reflexiones que le hicieron poner los pies sobre la tierra y ver la verdad de su alrededor. Era increíble- pensaba- como había mantenido por años, mentiras, que de repente, ella misma se había creído, hasta el punto de generarle nervios reales, en base a realidades falsas. Parece enredado, pero no pocos caen en esas situaciones cuando, por quedar bien o describir emociones que nunca han vivido, acuden a crear historias maravillosas, en las que son protagonistas. Eso fue precisamente lo que pasó con Marino, su amigo de infancia y con quien se había criado en el mismo sector y en la misma escuela.
Cuando llegaron a su adolescencia, Ana se dio cuenta de que Marino, era, sin dudas, el chico mas lindo de su sector, el que todas querían.
Y ¿por qué no? Se dijo a si misma, inventar en base a él, buenas historias que fueran la envidia de sus amigas. Fue así como comenzó a contar un romance con Marino, que nunca habia tenido. Armó mil incidentes, discusiones, reconciliaciones, besos y noches apasionadas, con aquel chico al que nunca habia tocado. Sostuvo por unos cuantos años sus mentiras.
Cada amiga tomó luego caminos diferentes y la mentira, inmensa por el paso de los años en que se sostuvo, nunca fue descartada, hasta tal punto, que Ana vivía sus propias fantasías y se sorprendía a si misma, sintiéndose dueña de Marino, tal y como lo contaba a sus amigas cada noche. Fue 15 años después, cuando Mariño fue a saludarla y ella no pudo controlar sus nervios. Creyó ver el hombre con quien compartió las historias que contó por muchos años. Luego rió, regresando a la realidad y entendiendo que solo había creído sus propias mentiras.

