Encontré a Ana en el piso, tirada, pensé que estaba desmayada, pero al ver sus ojos supe que no era así, solo permanecía con la cara pegada al piso, mientras su boca sangraba y dejaba ver una herida en uno de sus lados.
Una vez más su marido le habia pegado, yo no tenia la cuenta de cuantas veces lo habia hecho, pero si sé que era testigo de dos de ellas, en las que la dejó golpeada y humillada en su propia casa.
Juan era el rey del cuento, el hombre que salía a la calle y regresaba al dia siguiente, con la mejor de las historias. Una vez lo vi llegar a la galería de Ana a las 7 de la mañana, apurado le tocó el timbre como si hubiera llegado a una casa extraña y no la suya. Vi salir a una Ana llorosa, preocupada porque no sabia de su esposo desde el dia anterior. El no entró, sólo se acercó para decirle que había estado preso en una redada y que no entraba porque se iba directo al trabajo, pues se le hacía tarde.
Ella quedó conforme con un cuento más, que la dejaba tranquila y feliz con el hombre más inadecuado. Cada vez que Juan le pegaba a Ana, por el más tonto de los motivos, ella se prometía a si misma que ya no lo soportaria más, pero no cumplía. El regresaba luego llorando como niño, la abrazaba, la besaba y le prometía que no iba a volver a suceder. Una vez me contó que él hincado, le dijo que la amaba tanto a ella y su hija, que no sería capaz de vivir sin ellas, que nunca la dejaría. Ella entonces quedaba feliz, recobraba la seguridad en un amor que no existía y seguía hasta que la golpeara de nuevo.
Un día la pelea fue tan fuerte que ella lo botó de la casa y se quedó sola. Cuando todos sus vecinos pensaron que ya no habría más escándalos y que ellos no volverían, una madrugada, el señor Pérez, quien vive al lado, vio salir una sombra de la casa de Ana.
Era Juan, que al parecer era recibido por las noches, ahora como el amante de su propia esposa. Así, callado, una madrugada, golpeó nuevamente a Ana, ahora sin defensa, porque nadie los escuchaba.
Desfigurada y viendo la realidad, un buen día ella se fue lejos, decidida a no creerle más y avergonzada, ya no quería que la vieran. Ocultó su rostro, tomó su hija en brazos y no la hemos vuelto a ver.
Miles de mujeres como Ana se aferran a un amor imaginario, de un hombre que no las puede querer porque solo sabe dar violencia.

