El tiempo demostró que para Leonel Fernández y el PLD, su antigua advertencia de que no podíamos caer en una dictadura de la mayoría era un recurso retórico motivado porque no eran los beneficiarios de la misma. En la primera oportunidad, siendo presidente de la república, se dedicó con vehemencia a hacer lo necesario para que su partido, como terminó ocurriendo, dominara de forma casi absoluta el congreso nacional.
En este tema, como en muchos, sus zigzagueos han sido constantes. Cuando aspiró por primera vez a la presidencia y le decían que gobernaría con un poder legislativo contrario, celebraba esa posibilidad, esgrimiendo que resultaba positivo para el ejercicio democrático. Cuando quiso transformar la situación, entonces eso constituía un riesgo de dictadura de la mayoría y desde que pudo, hizo lo indecible para tener dominio de esa mayoría.
El asunto no fuera tan grave de quedarse a nivel legislativo, pero las cosas han alcanzado tales niveles, que puede afirmarse que la totalidad de la institucionalidad dominicana está bajo la férula de un único partido y, de manera específica, del presidente del mismo.
El primer mandatario se ha dedicado sin tregua, como orfebre político, a estructurar un aparato estatal que responda a sus directrices. De esa manera, ha quedado eliminado el contrapeso y el equilibrio de poderes, cuya existencia es consustancial a una auténtica democracia y su ausencia aproxima a un ejercicio autoritario y dictatorial del poder, aun sea bajo las sombrillas de la constitución y las leyes.
Nadie puede esperar una decisión contraria a los intereses políticos del PLD proveniente de la Cámara de Cuentas, de la Junta Central Electoral, del Tribunal Superior Electoral, de la Suprema Corte de Justicia y del Tribunal Constitucional, sin mencionar el apabullante dominio sobre muchísimas entidades públicas, incluyendo el Ministerio Público, el Senado y la Cámara de Diputados.
Creo que estamos de acuerdo en que la democracia es el sistema político más conveniente; que a éste le corresponde una distribución de poderes entre las distintas fuerzas políticas; que ese reparto está ausente en la actualidad en nuestro país y que esa circunstancia se afianzaría con el continuismo del PLD en el poder.
Si esas variables son ciertas, es fácil colegir que se trata del mal mayor que abate esta nación y eso hay que revertirlo. Para alcanzarlo hay distintas opciones. Quien coincida con estas afirmaciones, debe asumir el camino que entienda adecuado para ese propósito.

