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De los grupos parlamentarios, clientelismo político, clubes sociales y otras formas de agrupaciones, la burguesía comprendió que tenía que arribar a un orden mucho más amplio para simbolizarse, no sólo en la estructura económica del Estado, en donde se ausentaba la lucha de clases, sino también en el que la representaba y en donde se ejercía el dominio de su propia clase.
Así, en el tercer decenio del Siglo XIX hicieron su aparición los partidos políticos, fortaleciendo el sufragio al horizontalizar los métodos eleccionarios para que sirvieran de eslabón en la creación de sus objetivos y así asumir ideologías e implementar programas.
En el naciente EEUU surgieron los partidos en el primer mandato de Andrew Jackson (1829); en Gran Bretaña con la reforma electoral de 1832; en Francia, después de la insurrección de 1848, al igual que en Alemania y en España, en 1868.
Desde luego, los partidos surgidos representaban un sistema liberal y eran —y aún muchos lo son— organizaciones más o menos estables que buscaban ejercer el poder apoyándose en sus militantes y electores, manteniéndose siempre en una interrelación entre la ciudadanía y el Estado (Maurice Duverger: Los partidos políticos, 1951), no como se perfila en la actualidad, donde catalizan las preferencias de los ciudadanos y sirven como instrumentos de socialización y motivación política, contribuyendo a una participación social más activa.
Luego, aparecieron las organizaciones partidarias democráticas, las socialistas, las comunistas y las fascistas. Las democráticas surgieron en oposición a las burguesas, las socialistas para organizar a los trabajadores, las comunistas como una vía expedita para ejercer la dictadura del proletariado y las fascistas apoyándose en la idea de un Estado omnipotente y capaz de eliminar el caos de las luchas de clases para ordenar la economía a partir de un Duce, un Führer o, ¿por qué no?, un Caudillo.
Tanto los partidos liberales como los democráticos, socialistas, comunistas y fascistas, tenían y tienen como fin ganar la administración del Estado, aunque con diversas estrategias y diferentes fines, tal y como ha venido aconteciendo desde la revolución industrial, en donde las luchas políticas partidarias han presentado diferentes escenarios.
Podría señalarse que a medida que la sociedad se ha ido tecnificando y, por lo tanto, evolucionando y apropiándose de las mixturas culturales, asimismo se han ido tecnificando y evolucionado los partidos políticos, aún y cuando la analogía haya que estamparla en los partidos representativos del sistema liberal. De esta manera, todas las presiones se han ejercido de abajo hacia arriba; es decir, con la ampliación de la base electoral, que no es más que la demanda del derecho al voto.
Pero, ¿podrían existir partidos políticos sin votos obreros, femeninos, campesinos, o de la masa analfabeta? Definitivamente, la evolución, la masificación y la facilidad para votar han determinado que los partidos y el sistema de partidos escudriñen y echen mano a los modernos métodos de ofertas, sistematizando una teoría de la comunicación y adecuándose a una cibernética cuyo performance marcha a gran velocidad.

