Opinión

El marketing político

El marketing político

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Es en ese crecimiento del sistema que, a partir de la II Guerra Mundial, el uso de las técnicas de comunicación al servicio del comercio y de la industria fuera adoptado en las actividades políticas, dando paso unos años más tarde al nacimiento del marketing político (Barranco, 1982). Con esta mezcla, la venta de candidatos e ideologías políticas alcanzó técnicas especiales, altamente específicas y apoyadas en las experiencias del propio marketing y la comunicación comercial.

Por eso, para explicar el marketing político es preciso desmontar el término, atravesando los períodos del Siglo XX en que se organizaron los sistemas de intercambio entre la producción social: los bienes y servicios y sus ventas. Los primeros aleteos para entender y propiciar un conocimiento acerca de este sistema se impartieron en Alemania (1898), en un curso universitario sobre comercialización, y luego en la Universidad de Michigan, en 1902, cuando el profesor Edward David Jones dictó un curso titulado The distributive and regulative industries of the United States (Las industrias distributivas y regulativas de los Estados Unidos). En este curso se repartió un fascículo descriptivo que utilizó por primera vez el vocablo marketing (D.G. Brian Jones, 1994). A partir de ahí, el marketing atravesó espacios protagónicos hasta nuestros días, nutriendo su estructura con un mercado que crecía en ofertas, canales de comercialización y vectores tecnológicos.

A. C. Nielsen, George Gallup, F. E. Clark, Edward Bernays y un selecto grupo de investigadores realizaron importantes investigaciones desde los años veinte del pasado siglo hasta los inicios del decenio de los 40, posibilitando a través de sus teorías que el mercado era algo más que un depósito de productos y que las ventas no podían organizarse, exclusivamente, desde la óptica de una oferta programada para satisfacer necesidades básicas, debido a que las informaciones fonéticas —o acústica— servidas por la radiodifusión desde los comienzos de los años veinte y la visual ejercida —primero por el cinematógrafo desde comienzos de ese mismo siglo y luego por la televisión a partir de finalizada la II Guerra Mundial—, puestas al servicio de las ventas, habían presionado un ensanchamiento demasiado obvio en el horizonte del consumidor. Estos crecimientos tenían que ser orientados fuera de los esquemas clásicos, en virtud de que las industrias responsables del take-off o despegue (Rostow: The Stages of Economic Growth, 1959), como la automovilística, farmacéutica, alimentación, limpieza y electrodomésticos, requerían de renovadas respuestas.

Theodore Levitt afirmó, finalizando el decenio de los 50, que “descomponer la experiencia del cliente en eslabones de una cadena de consumo es la clave para identificar las fuentes de diferenciación” (Levitt: Market Myopia, artículo de la Harvard Business Review, 1960).

Deberemos, por lo tanto, estar claros en que el marketing (comercial o político) es un sistema cuya amplitud y crecimiento han devenido en un proceso que marcha tras la misma evolución humana, representando la logística de todo un ordenamiento de vida que incluye las formulaciones teóricas de varios discursos sociales.

El Nacional

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