Opinión

El Neorrealismo

El Neorrealismo

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El Siglo XIX trajo al mundo dos descubrimientos que revolucionaron los conceptos de comunicación y visualización humanos: la fotografía y el kinestocopio, los cuales se fundieron pocos años después para impulsar otro invento combinado: el cinematógrafo, en 1895. La fotografía había comenzado a desarrollarse sesenta y tres años antes (1826) que el kinestocopio (1889), a través de los franceses Nicéphore Niepce y Louis Daguerre, y el inglés William Fox Talbot; y el kinestocopio por el norteamericano Thomas Alva Edison.

Ambos inventos, luego, se unieron a la cámara que fotografiaba en continuo y que, además, podía proyectar lo impresionado, inventada por los hermanos franceses Louis y Auguste Lumière. De esta manera, el cinematógrafo dimensionaba la fotografía mucho más allá de lo presupuestado por sus inventores, y el hombre —luego de seis milenios de búsquedas constantes— había logrado reproducir los acontecimientos por medio de imágenes, organizando un modo de escritura que los sumerios, los egipcios, los abstraccionistas griegos y los perfeccionistas romanos nunca pudieron imaginar. El ser humano, a través de la cinematografía, alcanzaba la solución para visualizar y memorizar su paso a través de la historia.

A partir del cuarto decenio del Siglo XIX los retratistas pictóricos vieron menguar sus entradas por la competencia de los fotógrafos, los cuales se desplazaban por las principales capitales del mundo captando rostros y paisajes, para perpetuar los instantes. Al respecto, Roland Barthes, en su texto La cámara lúcida (1990), asocia la fotografía con la muerte-retorno, explicando que “la fotografía tiene algo que ver con la resurrección (porque) capta y eterniza la muerte”.

Barthes arguye, asimismo, “que la imagen estática merodea siempre entre la memoria y el presente”, y subraya la preocupación de Herbert Marcuse sobre la eternización del recuerdo mediante la esencialidad externa de la muerte y la existencia —biológicamente interna— de la existencia humana (Ensayos sobre política y cultura, Planeta-Agostini. 1986).

Con el advenimiento de la cinematografía, en 1895, la fotografía alcanzó la adultez tecnológica y en 1911, el dramaturgo y periodista italiano Riccioto Canudo escribió acerca del desprendimiento de ambas escrituras, anexando el cinema a las artes en su famoso Manifiesto de las Siete Artes, donde exhorta a los nacientes empresarios cinematográficos a asumir un mayor compromiso artístico con lo que hacían y exigiéndoles ir más allá de la industria y el comercio (Fuentes y Documentos del Cine, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 1980).

Esa exhortación de Canudo, de alguna manera, encendió las carreras de los cineastas hacia la consecución de una actividad que, aunque dependiente de la tecnología, implicaba un correlato con las demás artes: la pintura, la arquitectura, la escultura, la poesía, la danza y la música, logrando su periplo autonómico en un trecho histórico que va desde el 1915, con el Nacimiento de una nación, de David W. Griffith, hasta El ciudadano Kane, de Orson Welles, en 1941; y atravesando, desde luego, por el cine-ojo de Dziga Vertov, las magistrales ediciones de Sergei Eisenstein, y las frenéticas historias de Howard Hawks.

El Nacional

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