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Cuando en 1942 —para algunos 1943— Luchino Visconti realizó Ossesione, un film basado en la novela El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, ya había tenido contacto con el realismo poético francés, trabajando como ayudante de Jean Renoir en Toni (1934). Además, Visconti había participado en actividades vinculadas a movimientos reivindicadores, siendo arrestado en 1943 por protagonizar actos antifascistas. Posiblemente el atraso del lanzamiento al mundo del cine neorrealista se debió a esos dos años en que ni Italia ni el mundo podían comprender la importancia de este movimiento audiovisual que liberaba al cine de las camisas de fuerza impuestas por los estudios y las estrellas, otorgando a los realizadores y a los olvidados de la fortuna el protagonismo social del cine.
Aunque antes de Ossesione había precedentes de una búsqueda tormentosa de responder con otras facturas al realismo histórico de los cineastas soviéticos (Sergei Eisenstein, Dsiélovod Pudovkin y Aleksandr Dovjenko), por parte de varios directores norteamericanos y europeos (King Vidor, con La multitud, 1928; Erich Von Stroheim, con Avaricia, 1929; Howard Hawks, con Scarface, 1932; Jean Renoir, con Toni, 1934; Charles Chaplin, con Tiempos modernos, 1936; Fritz Lang, con Furia, 1937), ya el cine tenía un inventario de movimientos sumamente amplio y que, luego, se convertiría en escuela: el cine épico de Griffith, el cine-ojo o documental de Vertov (fortalecido por Robert J. Flaherty, con Nanuk el esquimal), el cine propagandístico de Eseinstein, el cine de animación, el cine surrealista, el cine de gánsteres, el western, la comedia, el musical, y el cine de ciencia ficción.
Pero faltaba un cine de autor que identificara a los auditorios mucho más allá de la violencia y de las ideologías con su propia realidad, una realidad apartada de los cánones políticos y estéticos, una realidad tal cual, pero filtrada a través de un contenido cargado de humanismo, el cual se cristalizó en la expresión de Mario Serandrei, el editor de Luchino Visconti en Ossesione, de que “las pruebas de laboratorio que observaba incorporaban una vuelta a la invención de la realidad (algo que el cine fascista del régimen de Mussolini ocultaba o travestía), y que el nuevo realismo repetiría en la historia del cine, no como la representación de un ciclo histórico que abarcó alrededor de quince años, sino como un lenguaje cuya impronta permanecería por varias décadas”.
Al parecer, era tan obvio lo que mostraba Ossesione, que las proyecciones del film sólo fueron autorizadas en las provincias y, aún hoy, la fecha de su producción aparece en algunas enciclopedias como 1942 y en otras como 1943.
Aquella expresión de Serandrei robustecía un concepto lanzado por Cesare Zavattini siete años antes de la realización de Ossesione, cuando escribió el guión para el film de Mario Camerini, Darò un milione, en 1935, el cual narraba —aunque solapadamente— el drama de los italianos pobres, y que superó la férrea censura fascista debido a la construcción de una espléndida narración que ocultaba ciertas referencias críticas.

