Opinión

El Nueva York chiquito

El Nueva York chiquito

Sería muy cuesta arriba negar que se han producido cambios positivos en la República Dominicana en los últimos 8 años, tal y como explicara el presidente Leonel Fernández en su discurso. Pero en la analogía del “Nueva York chiquito” radica quizás el talón de Aquiles no solo de esta administración, sino de todo un país que luce no saber lo que desea y que no tiene idea clara de hacia dónde quiere llegar. Aunque la historia local de seguro tratará favorablemente las presidencias de Fernández, la relevancia política que conservará el Presidente y la realidad ineludible de un eventual retorno de éste a, cuanto menos, una competencia electoral en el no tan distante futuro, serán evidencia de que sus destrezas como administrador de la cosa pública no son ni sombra de lo que es su fuerte, el manejo político.

Para muchos de los millones de dominicanos que han visitado Nueva York, lo impresionante no son sus trenes soterrados, rascacielos o impresionantes estructuras físicas, sino su organización.

Y esto no es una paradoja existencial al estilo del huevo o la gallina, Nueva York es Nueva York porque su desarrollo y estructuración es ordenado, meticulosamente pensado e institucionalmente impecable. Esa fue la base sobre la cual creció esa ciudad; los edificios, metros, parques…, llegaron luego. En República Dominicana, en cambio, la carreta está puesta delante del burro, y no es por culpa de los gobiernos tampoco.

El desarrollo de “obras” es la imagen clavada en el subconsciente del dominicano como la vara con la que se miden los gobiernos. Esto lo advierte cualquiera que se digne en hacer política en República Dominicana, y lamentablemente, uno de los legados insalvables del trujilismo. Saber manejar eso  es lo que ha hecho de Joaquín Balaguer y Leonel Fernández los dos políticos dominicanos más exitosos de la era post-dictadura.    

La política, lamentablemente, es el arte de mercadearse, y en República Dominicana el electorado es materialista e inmediatista. Los dominicanos queremos ver cosas, y las queremos ya. El discurso del Presidente el pasado lunes puede estar lleno de hechos debatibles, como por ejemplo el uso de comparaciones sobre las ganancias del sector privado (que ajustados a la inflación pudieran incluso reflejar una imagen muy distinta a la externada), pero cualquier argumento en contra se cae ante los ojos del electorado por el peso de las obras de infraestructura de las gestiones de Fernández.

La problemas reales del país son más complejos y menos visibles, y su solución implica esfuerzos que deberán extenderse por más de uno o dos períodos presidenciales. Resolver esos problemas hace ya siglos, es lo que hizo de Nueva York lo que es hoy, indistintamente de quien la gobierne.

Será la inescapable realidad de una permanencia relevante en política o quizás una futura re-elección a la Presidencia para Leonel Fernández con un país que dentro de unos años aún clamará por un mesías, la evidencia más palpable de que estamos muy distantes de ser un Nueva York chiquito. Y creo que el presidente lo sabe.

El Nacional

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