¿Qué Pasa?

El paraíso musical

El paraíso musical

Los conciertos del Festival Musical de Santo Domingo me han llevado a pensar que sin el arte de combinar los sonidos y el tiempo la vida hubiera sido una especie de limbo, y como tal carente de las más placenteras emociones. No quiere esto significar que solamente en el género sinfónico se puedan experimentar dulces sensaciones que viajen desde el oído hasta el órgano colocado en el quinto espacio intercostal izquierdo.  

  La combinación de la letra y la melodía de un bolero pueden culminar durante el legalizado abrazo del baile en el inicio de un romance.  Y si la relación de pareja resulta de escasa duración, la nostalgia aparecerá cuando alguno de los dos escuche la pieza musical que enmarcó un momento que quizás ambos consideraron sería el paso inicial hacia un cambio recíproco de estado civil.  Al saber, por mi amistad con ambos, que los directores sinfónicos Carlos Piantini y Julio De Windt son amantes apasionados del género popular de la mas universal de las artes, me siento menos culpable cuando paso de una sinfonía de Beethoven a un bolero cantado por Daniel Santos. 

Desde mi óptica de simple aficionado a la música creo que una de las diferencias vitales de ambos géneros es la duración, pues mientras lo popular es generalmente breve, lo sinfónico resulta más largo, y por ende con mayor acumulación de emociones.

    Mi esposa Ivelisse ha sido víctima de esta pasión, pues hay noches en que retraso su abrazo con Morfeo escuchando a escasos metros de sus tímpanos alguna pieza melódica. Y he visto en su mirada preocupación sobre mi salud mental cuando dirijo una orquesta sinfónica oculta dentro de mi equipo de música, en ocasiones con saltos gimnásticos que contrastan con los suaves movimientos de los conductores del género.  

  Tuve que contener las ganas de saltar y lanzar gritos de admiración durante el concierto inaugural del festival con las interpretaciones del magnífico tenor dramático canadiense Ben Heppner. Su actuación fue magistralmente secundada por la Orquesta del Festival conducida por el diestro y carismático director español Ramón Tebar. El segundo concierto, bajo el trazado del polifacético director francés Philippe Entremont, nos introdujo en la atmósfera mágica del Concierto para dos violines y orquesta de Bach, con los laureados violinistas rumanos Barna Kobori y Robert Davidovici.  

  Luego el maestro, que muchos consideran franco-dominicano por su expresado afecto al país, dio demostraciones de su entusiasmo y su talento en la Metamorfosis sinfónica sobre temas de von Weber, y la Sinfonía número 2 de Sibelius.

Estoy convencido de que al concederle al ser humano el poder de combinar armoniosamente los sonidos y el tiempo, Dios lo libró en la tierra del limbo, ofreciéndole a la vez una visión anticipada de la gloria.

El Nacional

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