Entran Hipólito, Danilo, Leonel, Margarita, los jueces de la Junta Central Electoral [JCE] y otros candidatos. La JCE dice estar preparada, mientras intercambia papelitos por debajo de la mesa con Danilo y Leonel. Hipólito se queja de aquel compincheo y de que dejar al encargado del centro de cómputos de esa junta es como poner la Iglesia en manos de Lutero.
El presidente de la JCE dice que lo lamenta, pero que Hipólito se encuentra allí, no para cuestionar a la JCE, sino para responder a unos enemigos duros; unos rebosantes de dinero y manas, y el otro lleno de odio, que le importa un carajo lo que pase en su país y en su partido. El candidato del PRD dice que, como no hay medio legal de sustraerse a su odio, se armará de valor y lo aceptará. El juez que encabeza el tribunal ordena la presencia del enemigo que pide la cabeza de Hipólito.
El juez presidente lo llama. Entra Miguel. El juez le recuerda que todos piensan que su intención ha sido seguir con un juego cruel hasta el final y que ahora, concluida de la jornada, se espera que muestre clemencia. Todos, menos él, esperan que renuncie a privar su partido, el que él preside, de volver al poder tras ocho años sin ver a linda.
Miguel contesta que ya todo el mundo sabe que está dispuesto a cobrar lo que dicta su regla personal, cual ley del Talión [ojo por ojo ], y que la única razón que expone para ello es que esa es su voluntad, que tiene un odio extraordinario hacia Hipólito y que eso le lleva a intentar un proceso ruinoso, incluso para sí mismo.

