El juez le pregunta de nuevo, como procurando una respuesta reflexiva, si estaba satisfecho con la respuesta. Los amigos y seguidores de Hipólito le recriminan su crueldad y Miguel dice que no busca agradar, nada más que una dulce venganza. Alguien del público presente grita, exaltado: ¡no discutas con quien odia; es como hablar a la pared, pues no hay corazón más duro que el odio! Los seguidores de Hipólito le ofrecen a Miguel las posiciones que desee, si es que de aspiraciones se trata.
El presidente del PRD pregunta, haciéndose el sueco, que de qué clemencia le hablan si no ha hecho nada. Sólo pide lo que es suyo, esto es el PRD, por tanto le corresponde hacer lo que le venga en ganas con este partido. En eso, entra Porcia en traje de abogado. Le pregunta a Hipólito si, como venció a Miguel para obtener la candidatura presidencial, no está dispuesto a reembolsarle el dinero gastado. Sin embargo, Miguel se mantiene firme, no cede ante el dinero, así que Porcia se dispone a hacer cumplir lo estipulado. Le dice que tome la libra de carne, perdón, el PRD, que es lo que, en verdad, desea destruir. Pero con tu partido derrotado por el Estado, has conseguido desramar su sangre. Sin importar, Miguel sigue obstinado en su venganza. Falta saber si la advertencia de Porcia cobra cuerpo en el PRD, como ocurrió en El mercader de Venecia. Después de todo, esta es sólo la parodia de una simple obra de teatro que tiene poco que ver con nuestro folklore político. Los nombres y situaciones son puras coincidencias.

