Opinión

El reino de la abundancia

El reino de la abundancia

Al desembarcar en La Española y proceder inmediatamente a fundar la primera ciudad del Nuevo Mundo, La Isabela, en 1493, los españoles tuvieron la impresión de que se trataba del reino de la abundancia donde todo era posible, menos el hambre. Frutas, aves, peces, moluscos y otras tentaciones se encontraban prácticamente al alcance de las manos. Sin embargo, el primer acontecimiento que registran las crónicas fue una situación de hambre catastrófica, especie de plaga que llenó de cadáveres pestilentes los parajes y los aires antes perfumados. Aquella primera aventura terminó en desastre y en abandono.
De manera que los recursos nutritivos propios de la isla a la llegada de los españoles fueron el resultado de una constante contribución de las diversas poblaciones que sucesivamente la descubrieron y la poblaron, registra Pedro Mir.
Los españoles al llegar a La Española encontraron un sin fin de frutas, aves, peces, ajíes, tomates, ananás, aguacates, mangos, guayabas, maíz, patata, batata, guajolotes, atomías y cientos de cosas con sabores, aromas y colores inimaginables.
Desde los primeros días que los españoles conocieron los alimentos aborígenes, fueron calificados de “manjares”. Aunque tuvieron que durar un tiempo para conocerlos y degustarlos por el paladar europeo.
Meses después, en marzo, por lo que cuenta La Casas, quedaba todavía bizcocho y trigo.
Podemos suponer que uno de los platos pudiera ser filete de jutía, comparándolo al de liebre, acompañado de cazabe.
Los conocedores afirman que los platos eran preparados con exquisitos cuidado. Los cocineros aborígenes limpiaban y laboraban primeramente el animal, luego enrollaban y lo ponían en una cazuela justo del tamaño necesario para que cupiera; y se le echaba un poco de agua y entonces se le hervía a fuego lento sobre candentes palos de madera dulce que despedía poco humo. Eso es parte de la historia de nuestra cocina.

El Nacional

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