Ciudad Nueva se constituyó en el escenario por excelencia de su ejercicio cotidiano. Le conocí en casa de teatro y sus intentos de traducir en música la inconformidad de la época prendió en los jóvenes que veíamos en Convite la instancia de resistencia cultural en años de intolerancia política.
Todos nos aprendimos el himno: con flores con flores/ con flores a María/ María no es la misma que todos se reían. Así comenzamos ese viaje de admiración de un talentoso joven que llegaba desde Bonao y en la UASD combinó la militancia de los 70s para deleitarnos con la armonía de merengues que se distinguían del resto por la altura de sus letras.
Luis vivió como escribió sus grandes contribuciones a la cultura popular. Con un sentido de auténtica irreverencia, rompiendo el molde y jamás renunciar a las cosas que le apasionaron. Cuando entendió que debía experimentar nuevas corrientes musicales se instaló en Transporte Urbano, pero nunca renunció a sus reiteradas vueltas a su esencia de hombre-pueblo.
Desde El guardia del Arsenal hasta sus exquisitas incursiones en la bachata, el Terror puso de manifiesto su enorme capacidad de interpretar los giros en las preferencias musicales de la sociedad. Siempre anduvo muy delante de la coyuntura.
Auténtico, nunca anduvo con careta. Cualquier tarde se instalaba en la Estrelleta esquina José Gabriel García y en ese colmado emblemático empinaba el codo en medio de la solidaridad de los que le admiraron y los que, de paso por el barrio, aplaudíamos su consistencia.
Su muerte llegó sin avisarnos. Y así era Luis. Nos deja un legado trascendental y marca una recurrible referencia de un talento excepcional que se mantendrá en el gusto de la gente. En muchos por sus piezas musicales. Los otros, por un ritmo de vida desafiante, cuestionador y original que nunca encontró ¡terror! sino que anduvo por la vida riéndose del miedo de los demás.

