Al reconocer que ha sido un fracaso el embargo económico impuesto hace 47 años contra Cuba, Estados Unidos no debería poner la más mínima condición para levantar una sanción injusta, inhumana y que va contra todos los principios que favorecen el desarrollo y la coexistencia pacífica. Es lo que manda lógica, un ejercicio que no siempre norma el quehacer político.
No deja de ser mucha significación, sin embargo, la oferta de reconciliación con Cuba que en la Cumbre de Las Américas, en Trinidad y Tobago, ha hecho el presidente estadounidense Barack Obama. Pese a las presiones y la atmósfera de distensión que se respira en el evento, el gobernante estadounidense ha sido consecuente al respecto con sus prédicas sobre el nuevo rumbo de las relaciones internacionales de su país.
Obama ha marcado un hito histórico al solo anunciar una nueva política que pueda acabar con un conflicto que durante décadas ha condicionado la relación de Washington con América Latina. Con tantas agresiones, intereses y agravios es obvio que la reconciliación no será una tarea de la noche a la mañana, pero es más que tiempo de dar los primeros pasos.
Y más cuando Cuba ha dicho que no tiene reparos en discutir cualquier tema que ponga Estados Unidos para el diálogo, desde derechos humanos, libertad de expresión, reformas democráticas, drogas y asuntos económicos, pero siempre que sea de tú a tú. No se puede ver la actitud como arrogante, sino de que la isla está consciente que no le luciría echar por la borda la dignidad que la ha caracterizado en tiempos más difíciles.
Pese a la crisis financiera internacional y otros grandes desafíos el embargo contra Cuba se ha erigido como el tema central de la conferencia inaugurada ayer en la nación caribeña de 1.3 millones de habitantes. En la apertura la presidente argentina Cristina Fernández pidió a Estados Unidos que levante el anacrónico bloqueo a Cuba.
Al sentir de la región Obama ha respondido con una saludable oferta de reconciliación, que no debería demorarse en trámites burocráticos ni diplomáticos, aunque al aclarar que no estaba interesado en hablar por hablar el gobernante estadounidense asume un compromiso sobre el particular.
El compromiso ha llegado después del deshielo, todavía tímido, que marca la flexibilidad para que los cubano-estadounidenses puedan viajar y enviar remesas a Cuba. Con las injustas sanciones que datan desde 1962 contra la isla no puede hablarse de paz, estabilidad ni respeto en la región.
Para satisfacción del continente Obama, ampliamente ovacionado a su llegada a la Cumbre de Trinidad, ha bajado más las tensiones al declarar que Estados Unidos busca un nuevo comienzo con Cuba. Se trata de lo que en realidad muchos esperan y quieren para poner fin a un anacronismo.

