Después de la caída del Muro de Berlín y de que los soviéticos, los mismos que durante décadas intoxicaron a la opinión pública a base de propaganda, optaron por la derechización en su ejercicio político, no deja de causar asombro que el Tío Sam, arquetipo y soberano del conservadurismo, haya quedado a la izquierda de sus pares al enarbolar de nuevo la transparencia y los derechos humanos como ejes del poder. Podía no quedarle otra alternativa, pero nadie podía imaginarse, y menos aceptar, que después de la tensa confrontación entre ideología y dinero, los roles podían invertirse.
La llegada de Barack Obama en alas de un discurso que tiene a la libertad de información como la herramienta más poderosa para hacer de su Gobierno un ejercicio honesto y transparente ha colocado a Estados Unidos en los umbrales de una revolución política, que lo sitúa a la izquierda de sus pares. Es obvio que falta mucho, pero de sus primeras decisiones se infiere que ese pasado de invasiones territoriales, intromisiones, abusos de poder y esa prepotencia que le ganó un odio visceral podía, si sigue como va, quedar atrás.
Escobita nueva barre bien, se dice. Pero no es el caso. Medidas como la suspensión de procesos sumarios y el cierre de la infamante base de Guantánamo, así como el retiro de las tropas en Irak, que es dar fin a una guerra injusta, se prestan para sentar las bases de un ejercicio sustentado en el principio internacional. Y rasgan el mito de que Obama es un títere de los halcones que controlan el Pentágono.
Las medidas que limitan la licencia de que había gozado la CIA, la siniestra Agencia Central de Inteligencia ligada durante años a golpes de Estado, asesinatos de líderes, detenciones y torturas dentro y fuera de Estados Unidos, en modo alguno pueden pasar inadvertidas. Su estilo de vida puede ser el mejor aval de su discurso. Escoltado por su popularidad no ha vacilado en enviar un mensaje de aliento y esperanza sobre el nuevo papel que desempeñará Estados Unidos tanto para afrontar la crisis interna, uno de sus grandes desafíos, como los conflictos internacionales que protagoniza su país.
En momentos en los que el país atraviesa una crisis económica, que las familias se aprietan el cinturón, lo mismo debe Washington alegó al justificar la congelación de los salarios de un centenar de funcionarios que cobran más de 100 mil dólares anuales y al advertir que la transparencia y el Estado de derecho serán la base de su mandato. Puede ser muy sintomático su señalamiento, durante el discurso de juramentación, de que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos.
Al instalarse a la izquierda en el nuevo esquema que rige la política el Tío Sam vuelve al lugar que ocupó hace más de 2 siglos cuando en 1776 encabezó la lucha contra el colonialismo con su guerra de independencia. Para despejar cualquier duda sobre las intenciones de Obama las palabras libertad, igualdad y oportunidad no faltaron en su discurso, no como simples eufonías, sino como modo de pensar y de sentir.
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