El mismo día que fundaron la organización política, sabiamente el maestro le mostró a los presentes un vaso de cristal totalmente vacío. Dio unos pasos y procedió a colocarlo en el centro de la mesa, a la vista de todos. En tono pausado expresó que cada vez que lloviera una gota de lluvia, solo una, caería dentro del vaso. Y por más de cuarenta años sus discípulos verdaderos mantuvieron la esperanza de que el vaso nunca llegaría a llenarse por completo.
Pero, ¡oh, infortunio de la vida!, las aguas torrenciales cada vez que caían lo hacían con más furia y con más frecuencia. Mientras los unos, preocupados, se acercaban lo más posible a las enseñanzas del maestro; los otros, en medio de borracheras absurdas, permitieron que las ambiciones los condujeran a intentar matar, políticamente hablando, al escogido del maestro. Y como suele suceder, lograron confabular escondidos detrás de las noches oscuras sin importar, para nada, el alejamiento de los valores y las enseñanzas del maestro.
Finalmente se adueñaron de la organización y un avispado corrió y buscó el vaso repleto de gotas de lluvias mensajeras y con toda violencia lo estrelló contra la pared de la dignidad.
Entonces los unos, antes de marcharse para siempre, tal y como le había enseñado el maestro, disciplinadamente recogieron todos los pedazos de vidrios de aquel vaso sin agua que una vez había puesto en el centro de la mesa el maestro. Luego se miraron y comenzaron a caminar con la frente en alto. Y cerraron la puerta.

