Al final, lo que decide es la fama. Te persigue como un rabo. Puedes inventar personajes artificiosos y meterte en ellos. Ser un embeleco para entretener con tan falsas como ridículas maneras, pero tus hechos están ahí. Los estrategas de Gonzalo Castillo han tomado un atajo equivocado por el que acortan camino y tratan de engañar al electorado. Plan que carece de sustancia y tiempo para tomar cuerpo.
El propio personaje suele manifestarse en quien lo encarna o resulta de otro a la par para asignar roles merecidos e inmerecidos, indistintamente. Desconozco a quién se le ocurrió la infeliz idea que crear al Penco para que arrastre todo el rechazo o indignación que abruman a Gonzalo Castillo por los aparentes actos de corrupción que lo acompañan en su carrera política.
Iniciativa que no estrenan sus asesores. Ha sido manejada antes con resultados siempre cuestionables. Poner en escena a un bufón embustero y soso. Llegó, incluso, a ser un estilo de mando en las antiguas Grecia y Roma. Consiste en montar un personaje, una especie de espantajo, que absorba las desgracias de un reinado generalmente decadente y desacreditado. De tal suerte que el real, de carne y huesos, sea excluido de embates y repudios merecidos.
Juego en el que el Penco puede ser blanco de risas, mofas y abucheos, pero no figura como tal en la boleta electoral. Gonzalo Castillo trata de salirse con la suya con artificios que pueden, incluso, hundirlo más de lo que está. Odebrecht está ahí, igual los 11 mil 500 millones de pesos apresurados para su campaña. César el Abusador no deja de hacerle guiños y sus obras le sacan la lengua. Al final lo que decide es la fama que, como la verdad, es tozuda.

