Ya se siente la brisa fría que todos esperamos a finales de año. Eso significa que estamos en tiempo de Navidad, ¡qué bueno!
Razón más que suficiente para comenzar a reflexionar acerca de los errores cometidos y de los triunfos obtenidos y, a la vez, planear felizmente el próximo año para que luego la inexorable realidad no nos coja desprevenidos.
Jamás olvidemos que los dominicanos somos un pueblo alegre, esto muy a pesar de las adversidades sociales, económicas y diversas enfermedades endémicas que diariamente encontramos en el camino.
Oportuno resulta el ambiente festivo para dejar atrás las rabietas, los odios y los rencores entre amigos, políticos, empresarios y religiosos. Ello así, puesto que si todos somos criaturas de Dios entonces, sin vacilación, deberíamos de resaltar siempre el perdón de los pecados.
Ciertamente, de lo que se trata es de reencuentro familiar, de solidaridad humana y de amor al prójimo. Nada de insultos a los contrarios ni de chismes en esta temporada o fiesta navideña.
La Navidad siempre será un tiempo de augurios esperanzadores, y de riquezas espirituales, de observarnos frente a un espejo y preguntarnos en qué hemos fallado y qué cosa deberíamos de hacer para rápido corregir los entuertos. Jamás olvidemos que ser justos es lo primero.
Ojalá que el próximo año cada organización política escoja lo mejor como candidato, que las ambiciones y la tozudez no se conviertan en piedras de escándalo, que la prudencia, la sabiduría y la sensatez sean derramadas sobre la mesa de las negociaciones.
Quiera Dios que continúe el país marchando por senderos luminosos, que las familias se apoderen de los valores cristianos y morales, que las críticas constructivas florezcan y que las necesitadas oraciones en cada hogar se mantengan por el bien de la sociedad dominicana.
¡Feliz Navidad!

