En Shakespeare encontramos el más completo inventario de emociones. Harold Bloom, consistente e insistente como el que más, le atribuye la invención de lo humano. Nadie antes había logrado un levantamiento de las pasiones en que el homo sapiens fue armando toda suerte de inteligencia que le fuera posible.
Creíamos que Bloom exageraba en torno al dramaturgo inglés, pero vemos que Yuval Noah Harari confía el mayor desafío de la inteligencia artificial -IA-, en superar la compresión y manipulación de “las emociones humanas mejor que Shakespeare”. Paráfrasis conque este nuevo autor fortalece un mito cifrado antes por Víctor Hugo, W. H. Auden, Borges, Pessoa y Pedro Henríquez Ureña, para citar unos pocos.
No conectas con el arte a menos que seas parte de él. E imagino que llegar a la cima de las emociones es una las más anheladas expresiones. Shakespeare, como todo autor, no consiguió este objetivo. Sin embargo, logró fijar en el ser humano valores y conceptos que Pedro Henríquez Ureña llama multitudes, manifiesta en sus obra. “Shakespeare lo abarca todo”, le confiesa a Borges el erudito dominicano con la grandeza de quien asumió con fervor las rimas del Poeta. “Nadie antes ni después de él hizo tantas individualidades separadas”.
¿Por qué Shakespeare? ¿A qué viene esta comparación de Harari, tan distante del teatro isabelino del siglo XVI? “¿Y a quién más, y qué otra cosa se puede hacer al respecto?”, respondería Bloom.
Shakespeare comparte más con Dostoievki y con Víctor Hugo que con sus contemporáneos Ben Jonson y Marlowe. En todo esto está su universalidad. Pessoa lo sentía su amigo, “somos inseparables”. Marx hizo de Coriolano -no de Hamlet ni de Romeo y Julieta-, su bitácora en momentos que El Capital le ocupaba tiempo.
El tema, introducido apenas a manera de esbozo o pinceladas, nos obliga a emplear tiempo en otras entregas.

