Abrazo de la paz
Brasilia, Brasil.- Ayer, en misa de ramos, me hizo falta el efusivo abrazo de la paz de los dominicanos. Ver ese dinamismo de la gente que en ese momento de la celebración se mueve al ritmo de canticos que hablan de confraternidad entre hermanos y otros aspectos que favorecen la paz.
Estaba en Brasilia, en una misa abarrotada de gente como casi siempre pasa en Semana Santa. Era una bonita iglesia del centro que diariamente muchos visitan como un atractivo turístico, una iglesia a la que por lo general va gente dispersa que poco tiene que ver con comunidades.
Estando en Brasil, donde a mi parecer, la gente es calurosa y alegre como en Dominicana, pensé que cuando el sacerdote anunciara el saludo de la paz se produciría algo parecido a lo que estaba acostumbrada a vivir en mi Parroquia de Las Praderas, en las misas de mi pueblo y en otras iglesias de mi país. Imaginé que algunos se movieran de sus asientos a abrazar a un amigo que le queda distante y como es típico en Dominicana, igual vería a la gente compartiendo el abrazo de la paz con el de al lado aunque no se conozcan. Eso fue lo que crecí viendo.
Contrario a lo que esperaba, cuando llegó el momento de la paz solo un leve y distante apretón de manos recibí del vecino que me quedaba más próximo. Me dió ganas de caminar y abrazar a algunos como se hace en mi pueblo, pero todo me pareció tan estático que quedé en chock y solo me quedó comenzar a extrañar el abrazo del momento de la paz de mi gente dominicana.
Comencé a extrañar al Padre Lucas y la alegría con la que acoge a cada uno de los niños que suben al altar a darle un abrazo, pensé en otros sacerdotes que se bajan a saludar a gran parte de los feligreses, pero estaba en una iglesia muy chick y el sacerdote y sus acompañantes apenas se movieron sobre su altar.
Comencé a extrañar a mi hermana Ana, que en cada misa de domingo me buscaba hasta encontrarme entre los feligreses para darme la paz, en los amigos y familiares que tantas veces abracé en muchas misas y como muchas otras veces, sentí la melancolia que suele darnos algunos veces a los emigrantes. Me duró todo el día.

