Hagámonos de cuenta que somos gobierno, e intentemos ser reflexivos y consecuentes, solo por un momento. Veámonos calzando los zapatos del Presidente: encontramos las arcas públicas comprometidas hasta la coronilla. Un Estado endeudado por encima de sus posibilidades, con montón de inútiles empleados y funcionarios cobrando elevados sueldos. Pensionados con altas sumas cuyos servicios no compensan las escandalosas sumas que devengan. Otros ni siquiera han rendido labor alguna. Costosas obras incompletas, mal construidas y sobrevaluadas.
El cuadro no puede ser más preocupante. Las atenciones son inaplazables, por supuesto. Pero dar respuesta incrementando los gastos, ampliando la deuda y creando nuevos impuestos es como curar un mal con otro mal peor. El antídoto puede matar al paciente. Lo que queremos plantear, viéndonos en el lugar que está el jefe del Estado, es que no es posible un saneamiento económico ocultando el problema, exonerando a los culpables ni dando continuidad a estado de cosa que ha operado únicamente en beneficio de los responsables de la crisis.
Si con un déficit fiscal que ronda el 10% del PBI los anteriores gobernantes no lograron hacer de este un Estado eficiente, tampoco lo van a lograr los presentes, casi los mismos, con nuevos impuestos. Entonces y ahora, el ciudadano que paga impuestos carece de las elementales garantías y servicios fundamentales. Para educar a sus hijos tiene que pagar un colegio privado, no encuentra buenos servicios médicos públicos, debe suplir sus necesidades de energía, agua potable y limpieza. Debe contratar guardianes privados para proteger su vida y propiedad. En fin, el presupuesto del Gobierno sólo le representa una carga que reduce su calidad de vida.
Situémonos del lado del productor y del consumidor: tenemos que reflejar los impuestos en los costos, y estos en los precios. Pero formamos parte de un sistema global muy competitivo en precio, entrega y calidad, factor que necesariamente nos saca del mercado. A lo que debemos agregar la escasa capacidad de compra de unos consumidores obligados a pagar la energía más cara y mala del mundo, servida o no. Igual, combustibles excesivamente gravados que limitan la movilidad del individuo a sus diligencias imprescindibles.
No podemos pedirle a un hombre de negocios que invierta, ante un cuadro tan desalentador como este. Ni exigir probidad al ciudadano de a pie, hijo del vecino, cuando carece de incentivos para crecer junto a su familia. Un gobierno derrochador e ineficiente, como el que nos deja la pasada administración y busca darle continuidad la actual, no convoca al sacrificio que reclamado. Pedirnos mayores sacrificios para entregar lo que nos queda y ser indulgentes frente a los ladrones que vaciaron las arcas y nuestros bolsillos es pretender algo así como el Santo Cachón. Nos queda cantar -¡gritar, carajo!-, para no llorar: Que te perdone yo, que te perdone / como si yo fuera el santo cachón / mira mi cara ve yo soy un hombre / y no hay que andar repartiendo perdón.

