La poesía universal ha dispensado poco espacio para los padres. La madre, como la naturaleza, los héroes, el amor, la fe religiosa, la problemática social o la muerte, ha estado presente en la creación literaria en todas las lenguas.
Poco ha entusiasmado el tema a los poetas, no obstante dedicar poemas o libros a sus progenitores, al margen del contenido del texto poético.
En consecuencia, ni los escolares declaman A mi padre en el día en que se le celebra ni la radio ofrece en fecha como hoy una selección de cantos para halagar a quien aporta, como la madre, 23 cromosomas para procrear un nuevo ser.
La cultura hogareña -¿por qué no la escolar también?- se impone con fuerza tal, que probablemente ningún poeta se lamente de no haber compuesto una estrofa a su padre. Lo que no puede ser es que pase un poeta por la vida sin cantar a una mujer.
Alguna diferencia marcó el poeta Jorge Manrique, quien irrumpió en la poesía española con las Coplas a la muerte de su padre y mucha gente en el mundo al menos en el de habla hispana- ha debido percibir el amargor tragado por el poeta ante el fallecimiento de su padre, Rodrigo Manrique, mencionado por los historiadores como maestre de Santiago, conde de Paredes y señor de Belmontejo.
El poeta nació en 1440 en Paredes de Nava, Palencia, España, y murió a los 39 años de edad.
La producción literaria de este autor es poco voluminosa, pero la crítica lo ha colocado en un sitial en el que llama la atención de todo quien haya querido conocer la poesía la española.
En el bachillerato dominicano era o tal vez sea- inevitable un encuentro, al menos con su biografía.
Para los estudiosos de la poesía han bastado las cuarenta coplas a la muerte de su padre, para situar a Jorge Manrique como una de las voces más profundas de la poesía española.
En la obra manriqueña concurren dos temas, pero uno se sobrepone al otro. Me refiero a que el tema padre se subordina ante la fuerte expresión del tema muerte-vida. En realidad, el poeta ha desarrollo una hilera de reflexiones sobre la muerte:
Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte/ tan callando.
Pero es realidad insoslayable que las cavilaciones sobre la existencia humana y de que nuestras vidas son como los ríos que van a dar al mar, que es el morir, son impulsadas por el amor de este hombre hacia su padre, tanto que lo lloró de tal forma que cinco siglos después hemos de saber su estado, cuando le ocurrió lo que a todos nos ocurre.
Para el mío, quisiera una recordación al estilo de Jorge Manrique. Pero tal vez me falte el momento de iluminación poética del autor de las coplas.
La expresión corresponde a Marcelino Menéndez Pelayo, maestro de la crítica literaria, quien aseguró que sin ese momento de iluminación, Jorge Manrique yacería olvidado entre el vulgo de los trovadores más adocenados y no llegaría siquiera a la talla de un Garci-Sánchez de Badajoz, o de un Alvaro-Gato.
Por la condición de su padre de servidor de los Reyes Católicos, el poeta Manrique vivió de cerca la fantasía del poder temporal y en el interior de su alma entendió el carácter liviano de la grandeza pasajera. Lo que domina en las coplas de Manrique es la fuerza interior.
Escribir un poema por la muerte de su padre puede intentarlo cualquiera que esté afectado de sentimiento y disponga un manejo mínimo de la palabra, pero el producto quedará en un montón de papeles olvidados, si no se lograra impregnarla de la vitalidad, de la luz, de la hondura que alcanzó Manrique.
Vivo o muerto, hoy es buen tiempo para honrar a nuestro hacedor biológico. El mío Alejandro Peralta- está muerto y como no alcanzo reflexiones tan intensas y extensas como las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de u padre, me regodeo con sentir y hacer saber que:
Este hombre mi padre- vivió siempre del trabajo de sus manos. No fundó y mucho menos quebró banco alguno. Procreó a su familia bajo el techo de la decencia. Vivió para el bien, este hombre es un héroe. Héroe real.

