El Sur y el Suroeste andan juntos en la mirada colectiva, como en las apreciaciones de los teóricos que formulan diagnósticos y planes de desarrollo. Cuando se habla de los pueblos suroestanos se les coloca siempre en el trayecto de la pobreza y el atraso.
Riquezas y pobrezas se dan las manos entre la gente del lejano Sur, al margen de los cuadritos y curvas de los demógrafos y las apreciaciones de las organizaciones de pretendido bienestar social.
Así lo pudo comprobar la breve aventura de dos cibaeños y un esteño que se propusieron recorrer los pueblos en torno al lago Enriquillo. Viernes en la tarde un vistazo a Vicente Noble. Un descanso en Tamayo y la primera impresión con los parques del sur, árboles crecidos y lugar cuidado.
La noche fue para Neiba. Sin habitación reservada, sin contacto con los amigos. Una señal de pobreza: en el mejor hotel de esta cabecera de provincia el diligente Mañé te muestra el cuarto y te ve subir la escalera con tu equipaje. No hay servicio de comida ni de agua para tomar, pero en la mañana te brindan un café y el administrador te aclara que no aloja a todo el mundo y cierta gente tiene que entregar la cédula.
En un restaurante, recomendado como bueno, nos reciben dos niñas jugando en la puerta. En el interior una tierna adolescente atiende, pero no pregunta a los clientes qué desean,. Nnueve de la noche, el menú es plátano, huevos y salami. Y sólo eso. Es una pobreza. Una riqueza de Neiba es el vino semi dulce que produce, que un servicio de mangú te pueda dar para tres personas, la frescura y mansedumbre de la fuente de agua Las Marías.
En la mañana del sábado los viajeros dejan la tierra de los Herasme Peña. La salida hacia Villa Jaragua, lar de Rafael Méndez, es una asombrosa riqueza natural. Un túnel de árboles cobija la carretera y por buen trecho se dificulta ver el sol. Por aquí se vislumbra el lago desde la carretera.
Pero es en Postrer Río que se palpará de cerca. Buena carretera, es una riqueza. Las casetas que alojan a los guardias en los puestos de chequeos, son una miseria. Un parqueo natural, una pequeña casa, unas tablitas que fungen de muelle, unas iguanas zalameras y dos empleados humildes reciben al visitante. Una foto con el lago al fondo.
Pero nada de aguas azufradas y otras cosas, después que al lago le ha dado con crecer, desbordarse y dañar cultivos. Pobreza. Después de esto, La Descubierta, el cacicazgo de Peguero Méndez. Impresionante parquecito, pero más aún ese regalo de la naturaleza que es Las Barías, de aguas subterráneas que brotan como una vena rota.
Es un lugar público, cubierto de inmensos árboles. Allí está Nola con una cocina de leña. Eran las 12:20 del sábado. Uno de los cibaeños (Juan Andrés) propuso probar el moro, optamos por almorzar ahí, con dos servicios para tres. Y nos fuimos hartos. Esa es la riqueza de La Descubierta. Partimos hacia Duvergé con la esperanza de un café, sin la menor idea de quién lo suministraría.
Sorpresa en el camino. Boca de Cachón, pequeña comunicad que disfruta de otra fuente natural de aguas frescas y tranquilas. Ante nuestro asombro, alguien nos incita a tirarnos al agua. Era el gobernador de Independencia, el señor Marcos Santana. Con él hablamos de aquel privilegio. Unos muchachos se entrenaban en el boxeo para luego refrescarse.
Duvergé recibe a los viajantes y los saca por la misma vía. La Tucson insinuaba completar el tanque, pero allí no venden gasolina premium: pobreza. La tarde sugería un café y las circunstancias forzaban una pregunta: ¿dónde? A la vista, una cafetería de esas de los pueblos, que nunca venden café. Lo solicitamos y al rato llegó Morena con tres pozuelos. Sorbido el néctar, intentamos pagarlo, pero Morena dijo que no era preciso. Y apreciamos la riqueza que eso significaba.
La laguna avisa la llegada a Cabral. La gente aquí parece más despierta, pero tampoco hay gasolina de la mejorcita. Es el punto de enlace con Barahona, otro mundo, con abundancia de ruido, motoristas y bebederos de ron. En el principal hotel se paga cinco veces lo que en el principal de Neiba, pero está semi paralizado y ofrece poco en proporción a su tarifa.
Como reflejo de la riqueza espiritual, encontramos a otro viajero Juan Peña- gozón y dicharachero y nos incita a conocer Villa Miriam, un río vertical acondicionado para el solaz, que constituye pequeña maravilla. Allí llegamos armados de un atún robusto y un racimo de plátano, que pronto una vecina los hizo comestibles. Qué riqueza.

