La muerte me ha rondado, haciéndome ver lo endeble que es el sostén racional de mis afectos. Mi hermano Chago Castro, me recordaba que nuestra amiga común, la doctora Hilda Barinas insiste en revisar las esquelas de los periódicos por si algún conocido ha tomado el último camino o si ella misma ha sido arrastrada por la parca.
Nivio Rivera, tronco de la única familia cuyos lazos me han provocado envidia, se fue cerrando enero, hermanando más a Negro, Ramón, Carlos, Manuel, Altagracia y Antonio. En la tumba debería inscribirse: El ejemplo de honestidad y trabajo es el mejor legado a los hijos.
Arrancando febrero, un rapaz infarto segó la vida del oftalmólogo Ramón Valdez. Estaba fuera y no pude musitar frente a sus restos este epitafio, que ha de permanecer en un laberinto de mi cerebro: El verdadero cielo se alcanza viviendo con dignidad y decoro.
A Roque Napoleón Muñoz y Luis Cuello Mainardi, les dediqué este espacio completo, pero a ambos les cabe este epitafio, del argentino Luis Franco ¿Qué necesidad tiene de honores el glorioso?
Recién falleció Tony Disla, hecho que me trajo recuerdos de mi época de clubista y dirigente deportivo; un medio muy maleado por la corrupción y las malas artes, pero entre esos recuerdos pude deslindar con un escarpelo a Tony, cuya tumba debería llevar este epitafio: Nunca más hermosa la flor cuando crece en medio de la podredumbre.
No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta de la Elegía de Miguel Hernández es el epitafio para despedir a Miguel Ángel, joven de agradable trato para los complicados temperamentos que visitamos el despacho del director de este periódico, con él sigo evitando a don Radha y a Grimilda, pues al verlos y recordar a Miguel Ángel, empezará a llorar este endeble autor de algo más que salud.

