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¡ Es él!

¡ Es él!

 SALAMANCA, España.- El miércoles en la tarde, cuando salí de mi casa, fue para encontrar  la plaza “San Benito”, en donde, según alguien le dijo a alguien, que al final me dijo a mi, recitarían poesías.

 Andaba de prisa, así que decidí no fiarme de mi sentido de ubicación –o más bien, de la ausencia del mismo. Busqué a alguno al que mis pintas de estudiante le evocara ese sentido paterno, clave para conseguir cualquier tipo de ayuda en esta ciudad estudiantil, en donde tengo la dicha de residir.

 Me acerqué a un policía, quien sonriendo al verme venir, ignoró mi pregunta acerca de San Benito y de poesías,  y, como si me conociese de por vida, señaló hacia la librería Portonaris : “¿Sabes quién está ahí? –me dijo-  ¡Apuesto a que es tu presidente!”

 Sin dejarlo terminar, me apresuré hasta esa librería, tan mía, y que ahora, al parecer, albergaba a un compatriota, que resultaba ser mi mismísimo presidente. Quedándome por los alrededores, alcancé a ver entre la muchedumbre de hombres con gafas y camisas blancas a Leonel Fernández, saliendo a  paso peculiar y con menos prisa que el resto de sus acompañantes.

 Montó en su carro, le siguieron escoltas, y en poco tiempo esa calle peatonal retomó su flujo ordinario. Volví a mirar al policía y me pregunté de nuevo, cómo, a pesar de las múltiples nacionalidades, colores, gente y acentos que colman esta ciudad, pudo descifrar al punto, mi origen.

 Resultó que él no fue el único, pues al llamar a mi conciudadano y amigo Gerson, estudiante de educación, y uno de los 209 becarios que escuchó el discurso de Leonel esa mañana, me enteré de que también el presidente Fernández  identificó, entre toda la audiencia, a los que compartían su pedazo de isla.

 Sonreí de puro orgullo y caminando más erguida, di a parar con la plaza San Benito. Me senté allí, todavía sonriente, sintiéndome más dominicana que nunca, y se me antojó que  lo que en esos instantes sentía, también se adjetivaba poesía.

El Nacional

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