En su anunciado discurso del jueves por la noche, el presidente Leonel Fernández deberá superar el creciente escepticismo que embarga a la población respecto a la voluntad y capacidad del Gobierno para convertirse en eje y ejemplo de un programa de austeridad que logre blindar a la economía ante la nueva tormenta financiera derivada de las alzas en los precios del petróleo y de materias primas básicas.
Se reconoce que las autoridades aplicaron a tiempo un contraembalse a los efectos de la crisis global de 2009 que tuvo epicentro en Estados Unidos, pero ni esa vez ni en ninguna otra ocasión el Gobierno ha reducido el Gasto Público en correspondencia a la gravedad de la situación o ha expresado voluntad en mejorar la calidad de la inversión.
Esa tempestad pudo sobrellevarse con el acuerdo Stand by firmado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que significó más sufrimiento para la mayoría de la población y mayor flujo de caja para la Tesorería Oficial que dispuso de esos recursos en un mentado programa anticíclico que privilegió grandes obras en detrimento de necesidades básicas de la población.
La extendida crisis política en el Norte de África y Oriente Próximo, en adición a la especulación financiera, ha disparado los precios del crudo y de materias primas de origen agrícola, lo que obliga al Gobierno amarrarse a sí mismo en una camisa de autoridad, como única forma de probar a la sociedad que no habrá dispendio.
Esta vez, el acuerdo con el FMI no se erige como cuerda salvadora; por el contrario, el gendarme reclama ahora que se cumplan metas de políticas económicas que parecen imposibles de alcanzar, como la transferencia de más de 700 millones de dólares al sector eléctrico, la reducción del déficit fiscal de 2.4 a 1.6 del PIB y el cumplimiento del programa de recapitalización del Banco Central, además de imponer tope al endeudamiento externo.
Ante tan difícil cuadro económico, financiero y social, se confiere extrema importancia al discurso presidencial, ante el cual la ciudadanía debería cruzar los dedos para que no resulte frustratorio, aunque se confía en la habilidad del mandatario para poder mezclar hiel con miel en proporciones equilibradas.
Lo menos que se espera de esa intervención es que el Presidente anuncie un auténtico programa nacional de austeridad que abarque a todos los sectores de la sociedad, sin drenar en lo más mínimo los planes de asistencia directa al amplio segmento poblacional que malvive al otro lado de la verja de miseria.
La gente espera el jueves por la noche escuchar al estadista y no al político; al jefe de Estado que asume el compromiso de blindar a la nación ante pronósticos sombríos, sin discrimen ni privilegio, que enseñe con el ejemplo, como sería disponer de inmediato el cierre de todas las cañerías de dispendio del dinero público.

