En los últimos dos meses es cuando he reparado en que el uso del celular constituye para la mayoría de los usuarios una verdadera adicción.
Recientemente acompañé a una parienta a la clínica de su odontóloga, y al entrar, una señora que ocupaba uno de los sillones no separó la vista del celular, aunque tuvo la cortesía de devolvernos el saludo.
Mientras mi acompañante y yo esperábamos su turno, la paciente fue llamada, y mientras se dirigía hacia la sala donde la esperaba la dentista no dejó de auscultar con atención concentrada su ostensiblemente apreciado artefacto.
Minutos después entró un joven manteniendo la vista fija en un celular de gran tamaño, mientras deslizaba sus dedos por el moderno producto de la tecnología comunicacional.
Sin pronunciar palabra se sentó cerca de mi pariente, y me atrevería a jurar que no reparó en sus fortuitos acompañantes.
Parece que el recién llegado había reservado su turno con anticipación, porque fue introducido ante la profesional antes que mi parienta.
Los desdichados automovilistas del Distrito Nacional a veces debemos tocarle bocina al ocupante del vehículo situado delante del nuestro ante un semáforo teñido de rojo cuando este cambia de color.
Y si avanzamos con celeridad superior y cruzamos por su lado, comprobamos que su estacionamiento injustificado se debía a que tuiteaba o chateaba en un teléfono móvil.
Pero esto se convierte en algo menos que nada ante los cruces que realizan frente a nuestro carro en movimiento algunas damas, con una mano en el volante de su automóvil, y otra en lo que constituye su mayor afición.
En más de una ocasión me he librado de chocar a una de estas féminas con mi vehículo debido a la escasa velocidad que le imprimo, tanto en zonas urbanas como en carreteras.
El día diecisiete del pasado mes viajé a la hidalga ciudad de Santiago, para asistir a un acto en que junto a otras personas recibiría un reconocimiento del Ateneo Amantes de la Luz, prestigiosa institución cultural.
Ocupé un asiento junto a una hermosa joven que estaba concentrada en el uso de un celular, la cual no reparó en mí mientras lo hacía.
De pronto se produjo en ella un cambio notorio de ocupación, el cual consistió en sumirse en un sueño profundo, y al despertar, sin mostrar curiosidad por saber quién era su compañero de asiento, reanudó su “actividad celular”.
Al producirse la llegada a Santiago, la joven se levantó y cruzó frente a mi sin despegar su mirada del móvil inalámbrico.
A lo mejor me ha visto en mis comparecencias televisivas, pero podría jurar que no me conoce “personalmente”.

