El arte constreñido tiende a pervertirse, o al revés. De la manera que sea, vaticina una calamidad social, si es que no acontecen al mismo tiempo la degeneración de la obra y la ruina moral del artista. Me preocupa que lo con Boquechivo pueda llegar a ocurrir. Propósitos e intereses ajenos a los hados que le han dado origen a tu obra, amenazan evidentemente con socavar tu libertad, savia vital del artista.
No sé cuánto tiempo estuviste empollando los personajes de Bocquechivo. Supongo que surgieron con tus repetidas consagraciones, entre diseños de arte publicitario, ilustraciones y retratos a lápiz que te vi producir desde mediado de los ochenta.
Tu acogedora y modesta buhardilla con más poesía, alegría y calor humano que confort, desde mucho antes que la Americana, debió de haber sido el nido primigenio, fuente inspiradora de estas caricaturas a tu imagen y semejanza de tal palo tal astilla-, que han cautivado y entretenido a tantas personas durante casi dos décadas.
Asumiste en los 90 el desafío del estilo pop, desplegado como lo hiciste-, de una manera superada y peculiar. Atesoro un par de retratos dibujados para la revista Temas, consciente de su valor artístico y cultural, como resumen y expresión de una época y de un artista.
Decir que tienes el talento innato del humorista y caricaturista vocacional es un reconocimiento que, de manera alguna, agrega valor a los personajes de tu obra, ya consagrada. Pocas cosas superan el uso del talento humorístico cuando sirve de protección frente a las adversidades.
Pero la gloria que el arte ofrece trae sus riesgos, entre ellos su utilitaria profanación, reflejada en mensajes panfletarios, interesados y frívolos, auspiciados por quienes siempre están al acecho de las ventajas derivadas de la popularidad de las celebridades. Y lo eres, afortunado amigo. Cuídate, sin embargo, de esos muros que, por tantos años, te resististe a levantar en torno a ti. Un alma grande necesita espacio y aire puro para alimentarse.
¡Qué triste no saber florecer! / Poner verso sobre versos como quien construye un muro. No tengo nada que agregar a este canto de Pessoa, muy a propósito de la necesidad de rechazar las feas tentaciones de los demonios mercuriales disfrazados de halagos y premios. Te abrazan y arrastran entre sus afiladas como una de sus amantes y mojigangas hasta sumirte en un contagiado mundo de francachelas y prebendas en el que yacen envilecidos.
Soy, acaso, un callado testigo de los amores, casamiento, procreación, nacimiento y crecimiento de estos hijos de tu talento. Por eso no deja de preocuparme que vayan a descarriarse y perderse, sin darte cuenta. Por lo general, uno suele no darse cuenta de las cosas que pasan ante la misma cara. Con los hijos es peor. Crecen, se hacen atractivos y apetecibles para los demás. Por tanto, corrompibles. Lamentablemente es así, mi apreciado amigo Harold.

