Si nos detuviésemos a pensar bien, por solo un momento, quizás el buen razonamiento se nos disloque. Creo esto, porque encontraríamos proposiciones y soluciones a problemas que estarían muy desfasados y que desde los tiempos primarios ha ejecutado el hombre en busca de la solución a sus problemas más perentorios, sean colectivos o individuales.
Vivimos actualmente en un mundo, un país o como algunos, ostentosamente les gusta llamar, una nación, completamente agresiva en todos los sentidos. Sumergidos diariamente en una agresividad física, moral, espiritual, ética y sobre todo, oral. Todo esto, ejecutado por un grupo, que como gavilleros de caminos, se ha apoderado del poder mediático, penetrando a los hogares con su lengua envenenada, que cuales reptiles malignos incitan al odio y las malquerencias.
Mahatma Gandhi expresó, que el hombre es producto directo de sus pensamientos y se convierte en lo que piensa y, tenía toda la razón. Quizás este vacío de sentido patrio, de indolencia ante la desgracia de los demás, donde a diario mueren miles por falta de asistencia médica y comida, en tanto los políticos se hacen cada día más irresponsables, insensibles y prepotentes frente a sus obligaciones profesionales y morales, reitero, quizás lo mejor sería volver a los tiempos primitivos y llenar esta tierra que se encuentra en el mismo trayecto del sol de dioses y héroes.
Rebozar de dioses y héroes cada rincón del país, como fórmula para saciar las ambiciones y egos sin límites de nuestros políticos y un grupo descarado de funcionarios ineptos y corruptos, que cada cierto tiempo se relevan o los cambian de posición, como si fuese en un campo de juego y que solo piensan en ellos, sus egos y sus complejos de líderes.
Y, lo penoso del caso, es que todo esto parece eterno, santiguado por Satán para el que ha de llegar no pueda cambiar este desmadre de todo, que envuelve este pendejo país.
Debo confesar, que aunque estoy plenamente consciente de las buenas intenciones que puedan albergar las nuevas autoridades, creo que superar con éxito semejante herencia maldita, nunca podrá ser cuestión que se resuelva con una varita mágica, ni siquiera con un solo acto, al menos que no sea mediante una traumática y real revolución moral, que rompa con el cordón umbilical con el cual pretenden mantener prisionero, como si fuese una deuda eterna, a quien está llamado a ponerle la tapa al pomo.
Definitivamente que, para despotenciar esta cultura prepotente, abusiva y corrupta, este defasaje entre este grupo dominante y que se ha tratado de arraigar en el comportamiento de esta sociedad, hace falta un esfuerzo moral titánico, continuo y que se pueda regenerar rápidamente de los errores que humanamente ocurrirán en el proceso.
Sin excusa alguna, hay que quemar, echar a la hoguera, como sucedía antaño con el vilipendiado y desacreditado Judas, la pasividad de este pueblo frente al hechizo perverso y endemoniado que un determinado grupo de corruptos, dotados de cualidades magnificas de elocuencia y por demás expertos en manipulación, que han utilizado estos instrumentos para embotar como un embrujo satánico y de manera incomprensible para muchos, la voluntad, el comportamiento rebelde que en muchas oportunidades ha manifestado de manera clara y contundente este pueblo.
El instante decisivo se acerca y será, cuando el que mande, ponga el oído en el corazón de la gente y establezca como meta, el terminus a quo de este caos institucional. De así no ser, entonces tendríamos que decir como un gran filósofo alemán refiriéndose al principio de toda poesía: Anular el curso y las leyes del pensamiento racional y volver nuevamente al bello desorden de la fantasía. ¡Sí, señor!

