Del dolor causado, quién paga los daños, quién
Porque Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad.
El ente social, entiéndase que nos referimos al ser humano formado en base a rígidas reglas de comportamiento, fundamentadas en principios indisolubles con la moral y la ética, se resiente y sufre lo indecible, tanto en lo físico como en lo moral, cuando se le quiere mecer en cunas que le son perjudiciales y que, con una frecuencia que asusta, se esconden acciones y contingencias ajenas a su proceder y sus orígenes de familia.
Y la maldita condición, es que aunque muchos no lo crean, sabemos que pensamos y, las razones que nos conducen a pensar e inclusive, cómo y la manera que las circunstancias nos obligan a pensar. Y más, cuando somos empujados por el ciego orgullo, la prepotencia y el accionar medalaganario, cuando nos quieren acorralar y tratarnos como simples marionetas, para complacer el gusto o el ego de quien o quienes se creen insustituibles y en muchas ocasiones, poseedores de la única verdad, por saecula saeculorum.
Los encargados de interpretar el oráculo, lanzan continuamente premoniciones, que hacen temblar la tierra, pretendiendo que hasta el propio aire que respiramos, nos ahogue y nos calcine desde dentro, por la alta temperatura adquirida en base a sus tenebrosos designios que sólo ellos pueden combatir, muy a pesar de que todo el mundo sabe y conoce que son los ideólogos y fabricantes de los mismos.
En ocasiones escucho ruidos ensordecedores, incomprensibles en un primer momento pero, que pasado cierto tiempo, se convierten en palabras ya conocidas. Presagios y acusaciones perversas. Mamotretos de propuestas y soluciones alegadas del mundo real, creadas al parecer, en cualquier cubil especialista en denigrar y asesinar honras ajenas.
Malhechores de honras ajenas, debiera de ser su denominación. Terrorífico accionar que he visto a través de los años, destruyendo honras, matando y masacrando el presente y futuro de familias enteras, víctimas de la maledicencia y que mueren paulatinamente en medio del sufrimiento moral al cual han sido sometidas sin que nadie responda por esto.
Nadie responde ni nadie se hace responsable. Todo se le deja al tiempo y al olvido, claro, a excepción de las víctimas que cargan por siempre la pesada cruz del descrédito inmoral al que son sometidas, del cual no logran despojarse jamás, porque después del palo dao, ni Dios lo quita.
A posteriori, no valen las excusas de la sociedad, cuando ya la amargura ha causado enfermedades y caudales de lágrimas, después de muchas e innumerables noches de insomnio y sufrimiento. No señor, después no hay excusas valederas ni arrepentimientos y más, cuando los ejecutantes continúan con su mismo accionar y tan imperturbables como un líquido en el refrigerador.
Y, si alguien reclama justicia, se lo quieren comer vivo. Ellos pueden y reclaman como el que más pero, ay de aquel que ose tratar lo mismo. Y esto no es como dicen algunos, que estoy defendiendo lo indefendible, quizás por primera vez, no señor, lo que defiendo es el derecho que tiene cualquier ciudadano aún sea militar-, a reclamar lo que considera, con o sin razón, sus derechos. Eso defiendo, estupidos.
Estoy indignado por el cúmulo de porquerías que hace tiempo vienen ocurriendo en este país, que al parecer, está habitado por insensibles y timoratos, que solo aspiran a satisfacer sus propias necesidades y ambiciones, sin que la moral y el bienestar del resto de las familias y personas, le importe un comino.
Así fue el caso del difunto Flores Estrella, al cual, tanto como a su familia, le desgraciaron su existencia y, todos los demás, felices y contentos, para después ir al cementerio llenos de hipocresía y falsedad.
Para no continuar con estas ganas de todo, entiéndase bien, de todo, por ahora voy a dejar esto aquí mismo, no sin antes recordar, independientemente de si el gobierno fue o no malo, de si él fue o no buen Presidente, el caso del Dr. Jorge Blanco y su familia. Ahora, después de tantos años, yo le pregunto a quien quiera responder por estas infamias, por este abuso cometido en nombre de la república, ¡quién diablos ha visto nunca un presidente comprando en un mercado, naranjas, piñas, lechosas, ¿quién?! Y por último, ultimito, ¿quién pagará tanta maldad, tanto dolor causado? ¡Quién carajo! ¿Quién ? ¡Sí señor!
El mulo aguanta sumiso durante 20 años los golpes de su amo hasta vengarse con una coz en el pecho.
Adagio campesino.-

